miércoles, 24 de septiembre de 2014

La tejedora de historias: El vuelo de los Ledas.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El vuelo de los Ledas" toca ahora, 
escucha con atención.


            "Sucedió una vez en Seteh un gran levantamiento de rebelión que no era el primero ni sería el último, pero que vio nacer una leyenda inmortal que de seguro pervivirá hasta el final de nuestro tiempo; esto es, si nadie la verifica o desmiente con éxito en algún momento de nuestra historia.
            Se dice que una gran agente, de nombre o apellido Leda, pereció en aquella revuelta dejando a cuatro criaturas solas en este mundo. Se dice también que la Capitana de la época estaba enamorada de ella en secreto y, en su dolor por la pérdida, adoptó a los mellizos sin tardar: dos niñas, Kassia y Hesper; y dos niños, Karsten y Panos. Los cuatro de la misma edad, los cuatro con el mismo pasado, los cuatro con el mismo destino.
            Los días pasaron y las noches también, y los que fueran bebés un día crecieron a la vez. Juntos, inseparables, fuertes y audaces. Persistentes en su empeño y, siguiendo un sueño, llegarían a ser grandes agentes como su madre antes que ellos.
            Se dice que los cuatro se separaron y emparejaron en el trabajo: ingresando Kassia y Hesper en el Departamento de Misiones Especiales, mientras que Karsten y Panos lo hicieran quizá en el Departamento de Investigación Científico-analítica. Se dice que fingieron que sus caminos se separaban ligeramente, que los cuatro se dedicaban a sus especialidades con empeño y que nada fuera de lo común o rutinario parecía poder llegar a pasar.
Pero llevaban dentro un río de sangre que ardía con mil rayos de Pronto y su entrenamiento había sido excelente y unitario desde la cuna. Habían nacido y crecido con la fuerza y el poder de un todo: cuatro mentes percibiendo cuatro mundos, pero pensando al unísono como una sola. Una voluntad férrea e indivisible que les llevaría a volar hasta lo más alto... entre las sombras.
Y la Capitana lo sabía.
La rebelión de Seteh había estado dormida, recuperando fuerzas, durante casi veinte años. Aquel golpe que había acabado con Leda, había sido sofocado de inmediato pero nunca aplacado, pues nunca es posible domesticar del todo a una bestia encarcelada y sedienta de odio cuando conoció una vez la libertad. La situación era tensa y delicada, pues si no hacían nada seguirían reuniendo fuerzas y si hacían algo la guerra volvería a estallar. El conflicto directo parecía inevitable.
Pero no lo fue.
Valiéndose de las amplias capacidades de los cuatro jóvenes, la Capitana tomó una decisión arriesgada, secreta y unilateral de la que –estoy segura- deseaba no tener que arrepentirse nunca. Una pequeña delegación secreta, tan sólo compuesta por ellos cuatro, fue enviada al Continente Maldito desde el norte, dando casi toda la vuelta al globo para afrontar Seteh desde el sur. Separándose en parejas, bordearon las Garras de Eris con cuidado de no quedar atrapados y desembarcaron en la desembocadura de los ríos Phobos y Deimos en mitad de la noche.
Se dice que fueron ellos en ese momento los primeros en llevar a cabo la maniobra acuática que los agentes aún conocen como “Cygnus”, el viaje por el agua. Karsten y Kassia se introdujeron en las aguas de Phobos y Panos y Hesper lo hicieron en Deimos, o quizá fuese al revés. Equipados con respiradores, ascendieron río arriba buceando, hasta alcanzar la mismísima entrada a los Montes Lágrima dos días después.
Se dice que atacaron en silencio, como serpientes deslizándose en la noche, indujeron un profundo sueño en los guardas con sedantes y, como las alas de la muerte, descendieron sobre todos los líderes y segundos al mando de la rebelión. Cuando los centinelas despertaron a la mañana siguiente, el único vestigio de su presencia fueron una treintena de cabezas cortadas y expuestas en lo alto de la colina más cercana, formando entre ellas una sola palabra: Avisados.
Sobra decir que los malditos tardaron más de cien años en intentar una nueva insurrección, tal fue su miedo a semejante muerte silenciosa y certera. La última batalla de la guerra habría sido ganada antes de haber comenzado, gracias a cuatro agentes sin rostro hoy perdidos en el tiempo.
Algunos dudan si esto pasó de verdad o si los Ledas siquiera existieron. Otros afirman que es cierto y que ese fue su primer trabajo, pero no el único. Otros van más allá y perjuran saber que la tradición continuó, que el espíritu de los Ledas permaneció vivo en nuevas generaciones de agentes: dos varones y dos hembras, de la misma edad y grandes capacidades, entrenados en su máximo potencial y con una relación muy estrecha entre ellos; tan sólo siendo conscientes de su existencia los propios agentes y los Capitanes bajo cuyas únicas órdenes sirven en el más absoluto secreto...
            Es verdad que muchos nombres se han ocultado y otros se han olvidado o se olvidarán, es verdad que la historia podría no ser del todo cierta,... pero la esencia de leyenda aún perdura susurrante entre las paredes de Nubes Retis, generación tras generación, con la dulce promesa de poder llegar a ser parte de algo más grande que uno mismo; como un excitante secreto a voces con el que todos sueñan aunque, cuando llegua la hora de alzar la voz, nadie admita creerlo cierto."

sábado, 9 de agosto de 2014

La mariposa y la rosa

Y vuela la mariposa, nunca deja de volar
con sus alas color rosa que a la rosa hieren al pasar.

Y mira las flores y se posa.
Pasa sus patas finas por pétalos y hojas
e imagina en la tierna florecilla un paraíso a morar.

Y vuela la mariposa, nunca deja de volar
con sus alas color rosa que a la rosa hieren al pasar.

Y liba la mariposa, nunca deja de libar
cogiendo el pólen de la rosa,
cosa hermosa, néctar de libertad.

Y vuela la mariposa, nunca deja de volar
con sus alas color rosa que a la rosa hieren al pasar.

Y piensa la mariposa que es poca cosa
lo que consigue sacar; que estando quieta la rosa,
sin hacer otra cosa, algo más le podría dar.

Y vuela la mariposa, nunca deja de volar
con sus alas color rosa que a la rosa hieren al pasar.

Y piensa la rosa que es muy fácil volar,
de flor en flor, de hoja en hoja y recoger sin más,
no estando atada al suelo sin poder caminar.

Y vuela la mariposa, nunca deja de volar
con sus alas color rosa que a la rosa hieren al pasar.

Y quién tiene la razón, tú no lo sabrás,
pues no es cuestión tanto de errores
como de culpar a los demás.

Y volará la mariposa y observará la rosa,
cada una viviendo en su lugar.
Las dos distintas, las dos solas,
en un baile sin final.



viernes, 11 de julio de 2014

De la Tierra a Erlia... un viaje por comenzar.

De la Tierra a Erlia:
un viaje por comenzar;
y acudirán viajeros
de cualquier lugar.
¿Quién ve la puerta,
quién la encontrará?
¿Quién pasa primero,
quién pasa detrás?
¿Quién posee la luz
que aleja todo mal?
En tierra sin luna,
navega sobre el mar
la mayor estrella
de brillo sin igual.
Pero es tenebrosa
la oscuridad
y si la llama vacila...
se apagará.
¿Quién puede venir,
quién la salvará?
De cerca, de lejos,
de cualquier lugar,
acuden algunos viajeros
en un viaje por comenzar.


"Si a tu corazón llamas
y un grito de libertad responde,
podrás al fin buscar la verdad
de la luz que se esconde
de ambiciones y lujurias,
en los lugares dónde
los tres ojos de una madre
observan sin cesar el horizonte,
desde un pasado remoto
a los pies de un monte
hasta que el mundo acabe."


¿Descubrirás tú, viajero, la puerta?



lunes, 30 de junio de 2014

La tejedora de historias: La princesa y el erlino.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "La princesa y el erlino" toca ahora, 
escucha con atención.

            Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, en el sur de las seis Terrae, en algún lugar de la que hoy es la próspera Terra Ager, tierra de cereales en las grandes llanuras, de vides en las colinas, de frutales en húmedas praderas y miles de artesanos en cada esquina de Nubes Agri, el mayor mercado del mundo.
            En uno de aquellos campos tenía la fortuna de trabajar un joven erlino muy apuesto, laborioso, inteligente y soñador al que la suerte parecía no haberle sonreído en la vida, pues ocupaba una posición social algo baja, empeorada por el hecho de ser joven varón, soltero y huérfano de madre. Aun así, su espíritu inquieto y su curiosidad por el porvenir le mantenían alegre, risueño y hambriento de aventuras, amor y emoción, a pesar de vivir en una época en la que el mundo parecía no guardar un sitio para él.
            Muchas eran las jóvenes –y no tan jóvenes- erlinas que trataron de conquistarle, pues a pesar de su condición el muchacho era muy agradable tanto a la vista como en el trato. Sin embargo, él soñaba con algo más que los halagos amables y cortejos corteses cuyas atenciones parecían soplar en su dirección; él soñaba con miradas robadas de fuego, con correr entre los campos de maíz, con aprender a volar con los pies en el suelo, con besos de papel y tinta, con atrapar las estrellas con una red en el río, con cantar las canciones de los bosques y que la idea de una despedida arrancase el aliento de su pulmón...

            Ocurrió que, por aquél tiempo, los erlinos volvimos a centrar nuestras miradas en otros mundos, observando nuevamente todo aquello que llevábamos milenios observando, renovando las promesas de paz con aquellos pueblos con los que estábamos en paz y manteniéndonos aún más alejados y ocultos de aquellos que nos deseaban algún mal.
            Uno de estos mundos, con el cual mantuvimos una buena relación durante siglos, es al que nosotros llamamos Gea, en la órbita de Helios, habitado por humanos que aún hoy llaman al planeta Tierra y a la estrella Sol. Este planeta supuso una diferencia frente a los demás: Su gente aún estaba demasiado atrasada con respecto a nosotros, hasta el punto de no formar una sociedad unificada o generalizada ni haber llegado todos ellos a conocer ni la mitad de las tierras que les rodeaban.
            Además, una de sus más grandes civilizaciones del momento, la asentada en La Tierra entre Ríos, acababa de sufrir una gran inundación catastrófica en su territorio –a la que denominarían El Gran Diluvio- y que arrasó todo aquello que habían construido y lo ahogó en sus aguas.
            Una vez amainadas las lluvias, los supervivientes se asentaron de nuevo en el centro del valle y erigieron una nueva ciudad a la que llamaron Kish, desde la cual su gobernante, el rey, administraría sus dominios. Fue entonces que los emisarios erlinos le hicieron llegar al rey nuestro mensaje de paz junto con nuestra admiración hacia su raza, por su capacidad de pervivencia y superación frente a la adversidad.
            Por esta razón, nuestros gobernantes propusieron a aquellos humanos la posibilidad de que una princesa humana visitase nuestro mundo, para afianzar las relaciones diplomáticas entre ambas razas. Los humanos insistían en que debía ser un príncipe, pues su sociedad era patriarcal, pero las jerarquías matriarcales de Erlia estaban aún muy afianzadas. Finalmente, el rey permitió a su única hija marchar, con la esperanza de que algún gobernante erlino la tomase por esposa y así unir sus pueblos.
            Pero quiso el azar que, a su paso por Terra Ager, la princesa conociese a nuestro apuesto joven erlino por casualidad y ambos se enamorasen irremediablemente, como si aquél destino hubiese estado escrito en las estrellas. Muchos intentaron separarlos. Muchos intentaron disuadirlos. Muchos intentaron herirlos y difamarlos. Pero a pesar de todo, el rey de Kish no creía deber anteponerse o enfrentarse a un erlino y los erlinos, por su ley, no podían anteponerse o enfrentarse abiertamente a la elección libre y consciente de una mujer.
            A pesar de todas las dificultades, las dudas y los miedos, la princesa y el erlino decidieron unirse en casamiento y se dice que él, tomando las manos de ella, las posó sobre su corazón y, mirándola a los ojos, le dijo: “Aunque nuestros actos nos cuesten la vida, siempre fuimos y seremos uno”. En ese momento sellando su amor con un beso, un rayo de Pronto les iluminó y sus esencias se entremezclaron: Sus ojos se volvieron de una tonalidad intermedia entre la de ambos, la piel de él adquirió la capacidad de aclararse y oscurecerse según la exposición a la luz y ella desarrolló la capacidad cerebral superior de un erlino.
            Todos ellos, erlinos y humanos, interpretaron esto como un designio divino: los erlinos como una señal de Alma y los humanos como una bendición nuestra, pues nos consideraban cercanos a sus dioses. La princesa y el erlino vivieron felices el resto de sus días en Gea y, según cuentan, uno de sus hijos acabaría gobernando.



sábado, 21 de junio de 2014

"La Maldición del mundo muerto (Libro I): Estrellas"





"En algún lugar desconocido, una joven pelirroja atesora un colgante con una estrella que emite un brillo de color azulado. En Nubes Sapientiae, la principal y mayor escuela de un avanzado planeta llamado Erlia, un alienígena humano -que desconoce sus orígenes- es convocado por el misterioso Ermitaño. Y en la hermosa Playa de las Catedrales del norte de Galicia, una joven bastante particular pasa sus ratos libres disfrutando de la brisa del mar.

Será en este momento de sus vidas cuando pequeños cambios insignificantes desembocarán en acontecimientos que tan sólo unos pocos afortunados podrían llegar a profetizar… para bien o para mal. Con la ayuda de unos, la desaparición de otros y una red de misterios y secretos en la que nadie parece resultar quien dice ser, aquellos que poseen lo que no deben intentarán conseguir más; aquellos que quieren recuperar lo que es suyo se prepararán para actuar; y aquellos que vivían ajenos a sus posibilidades y destinos comenzarán a descubrir que su mundo es aún más enrevesado de lo que jamás habrían soñado."


Fecha de lanzamiento: Mayo de 2014

Tipo: Fantasía

P.V.P. libro: 16€ 

P.V.P. ebook: 4€



ENLACES PATROCINADOS: www.edicionesalbores.com


sábado, 31 de mayo de 2014

Sobrevolando el infierno - Capítulo XIV: ¿Quién eres?

     La silla chocó contra la pared de la cocina, tirando el reloj al suelo. El respaldo cayó encima del reloj mientras que las patas se rompieron y salieron por los aires: una contra la puerta, otra junto a la nevera y dos encima de la mesa, sobre los restos del desayuno. Varios vasos y platos rotos cubrían ya la encimera de toda la cocina, las ollas estaban volcadas por los suelos, los armarios abiertos y las otras tres sillas igualmente rotas.
     Bennu ya no tenía mucho más que romper allí. Cogió el cuchillo más grande que encontró y se dirigió hacia la puerta, tan sólo parándose a mitad de camino para clavar el cubierto con rabia en el cristal del microondas. Abrió la puerta de un tirón, estampándola contra la pared a la vez que profería un grito, y se dirigió al salón en busca de más cosas que destrozar sin piedad.
     Ya hacía más de una hora que había echado a Javi de su casa un poco de malos modos y sin ganas ningunas de volver a saber nada de él ni de la policía en mucho tiempo. ¿A quién se le ocurría permitir que robasen un cadáver? ¿Qué clase de inepto era incapaz de proteger la prueba principal de un crimen? ¡Y más aún teniendo en cuenta que todavía no habían finalizado la autopsia! ¿A qué estaban jugando?
     El televisor nuevo del salón tampoco duró mucho tiempo en su sitio. En cuanto Bennu atravesó la puerta de la estancia tras abrirla de una patada, se dirigió directa a él y lo tiró, provocando un pequeño estallido de chispas que podrían haber provocado un incendio de haber tenido el suelo de madera o moqueta en vez de baldosas. Tras destrozar igualmente algunos cojines, salió al pasillo y se dirigió a la siguiente puerta sin pensar ni a dónde iba, la abrió de un golpe y se quedó plantada en el sitio con la mirada perdida. Hacía ya mucho tiempo que no entraba en esa habitación.
     Exactamente unos diez días.
     Era la habitación de Mateo.
     Bennu cayó de rodillas lentamente mientras las lágrimas comenzaban a hacer acto de presencia. Se apoyó en el marco de la puerta mirando al interior sin poder comprender por qué su niño ya no estaba allí. La policía parecía haber respetado sus cosas y todo seguía tal y como él lo había dejado: el ordenador en una esquina de la mesa, los libros de texto en la otra esquina, las estanterías llenas de libros y cd’s de música, las paredes llenas de pósters, fotos y recortes y, en la mesita, un gran portarretratos con dos fotos: en la de abajo, una joven pareja sostenía en brazos a su sonriente hijo de dos años; en la de arriba, ese mismo niño se abrazaba con fuerza a su joven tía de catorce años. Había pasado una eternidad desde que esas fotos habían sido tomadas. Tanto, que Bennu ya casi ni se acordaba de su existencia.
     Con resignación y un poco más de calma, se levantó lentamente y comenzó a andar hacia atrás con la mano en el pomo, sin apartar la vista de las fotos hasta que la puerta se cerró por completo. Pasó de nuevo por el baño para lavarse la cara un poco. Cogió su abrigo y su bolso y salió de casa.

*          *          *

     - ¡Camarero! Otra cerveza, por favor.
     - ¿Otra más, Bennu?  ¿No has bebido ya suficiente? – Preguntó una voz detrás de ella mientras una mano enguantada se apoyaba en su hombro y la otra señalaba a los múltiples botellines qua ya llenaban la mesa.
    Bennu giró lentamente la cabeza al reconocer la voz y se encontró de lleno con una intensa mirada de ojos verdes.
     - ¿Vi...Víctor?
     - Caramero, que sean dos cervezas. –Dijo Víctor mientras se quitaba su abrigo negro.
     Posó el abrigo en una silla y tomó asiento frente a ella, apoyó los codos en la mesa entrelazando los dedos ante el rostro y volvió a clavar su mirada en la atónita Bennu.
     - ¿Qué haces aquí? –Preguntó ella de forma casi grosera.
     - Estoy esperando a que el camarero me traiga mi cerveza. –Respondió él sin inmutarse con la sonrisa estática y misteriosa que le caracterizaba.
     - No... Me refiero a qué has venido a este bar... –Siseó Bennu algo confusa.
     - A tomarme algo contigo.
     - ¿Aquí? ¿En este barrio? Como el otro día te vi... ¿en el parque?... En el parque. Pensé que vivirías por mi barrio... ¿Vives por aquí?
     - No, no vivo por aquí.
     - Entonces... ¿Vivimos en el mismo barrio?
     - No, no vivimos en el mismo barrio.
     - Entonces, ¿qué hacías en aquel parque y qué haces en este bar?
     - Esa no es la pregunta, Bennu.
     - ¿Y cuál es la pregunta?
     - ¿Qué haces tú aquí?
     - Dar una vuelta. Necesito despejarme –Contestó ella apartando la mirada.
     - ¿Despejarte? ¿Metida en un bar? –Se burló Víctor.
     - Me apeteció tomar algo y entré aquí...
     - Qué curioso... te apeteció tomar algo en un bar que queda casi al otro lado de la ciudad desde tu casa y que esta a tan sólo dos calles de la casa de tu mejor amiga... y además debías tener mucha sed, te has bebido ya unas diez cervezas...
     - Eso ha sido coincidencia. –Dijo Bennu mirando para otro lado y empezando a cansarse de que un desconocido se entrometiese en su vida.
     Víctor se quedó callado apenas diez segundos mirándola con una pequeña duda en los ojos, como si necesitase pensar qué decir a continuación. De repente, apoyó los brazos enteramente sobre la mesa, se inclinó hacia adelante y la miró aún con mayor intensidad y seriedad.
     - ¿Y crees que a tu hijo le habría gustado que te sentases en un bar a emborracharte y lamentarte en vez de salir a buscar su cuerpo?
     Bennu se quedó paralizada tratando de procesar lo que Víctor acababa de decirle. Él aprovechó para ponerse en pie y recoger sus cosas con intención de marcharse.
     - Espera... –Balbuceó Bennu alzando la cabeza y sujetándole un brazo- ¿Quién eres?
     Víctor sonrió de medio lado con picardía de esa forma que tanto le caracterizaba. Cogió la mano que aprisionaba su brazo, la posó con suavidad sobre la mesa y la soltó con una suave y lenta caricia.
     - Saluda al inspector Martínez de mi parte... seguro que le alegra el día. –Añadió sarcásticamente, dándose la vuelta en dirección a la puerta con una sonrisa aún mayor.
     - Apúntalo todo a mi cuenta... como siempre. –Le pidió él al camarero en un susurro, cuando pasaba ante la barra.
     Bennu, aún atónita desde su silla, se giró y le grito:
     - ¡¡Dime quién eres!!
     Pero su fuerte grito chocó contra una puerta de cristal ya cerrada. Al otro lado, en la calle, un largo abrigo negro se perdió rápidamente entre la gente.
     El camarero trajo las dos cervezas y ella bebió un largo trago de cada una a toda prisa, sin importarle la cara de asombro y preocupación de las pocas personas presentes en el bar. Recogió también sus cosas y abandonó el local.
     Las calles se antojaban todas iguales hasta el punto de que parecían cambiar sólo de nombre. Comenzó a andar sin rumbo un poco mareada y sin saber muy bien dónde estaba. El cielo comenzó a ser cada vez más gris, los carteles tenían letras que ya no decían nada, la gente pasaba a la vez deprisa y despacio, los coches se movían y el suelo también. Le dolían los ojos, le picaba la garganta, le costaba respirar...
     Por fortuna, llegó a un lugar que creyó reconocer. Una puerta. Un panel de timbres. Un botoncito al lado del cartel “2º D”. Sin saber muy bien qué estaba haciendo, pulsó ese botón y se apoyó en la puerta. Una curiosa voz juvenil de mujer preguntó.
     - ¿Quién es?
     Bennu, en un pequeño momento de lucidez, se percató de lo que había hecho y, con su último aliento de voz susurró:
     - Alicia...

viernes, 16 de mayo de 2014

La Tejedora de historias: El globo, la estrella y la lágrima.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El globo, la estrella y la lágrima" toca ahora, 
escucha con atención.


            Había una vez una sonrisa amable; Había una vez un abrazo cálido; Había una vez unos ojos alegres; Había una vez unas mejillas sonrojadas... Había una vez todo lo que es bueno y hermoso para la imaginación del futuro y el recuerdo del pasado, en un momento del tiempo en el que el tiempo no existía, por lo que sólo habitaba el presente.
Había una niña pequeña. Que no era niña ni pequeña. Ni grande, ni alta, ni baja. Era Pensamiento, era Fe, era Espíritu,... era Alma. Era ella; y nadie más.
Tenía un globo blanquecino, algo transparente, lleno de perlas brillantes, luces y colores, al que atesoraba y quería como a su bien más preciado. Jugaba con él sin descanso y lo abrazaba con calidez y ternura... pero, quizá, con poco cuidado.
Ocurrió que un día lo abrazó con mucha emoción. Ocurrió que un día lo abrazó con mucha fuerza. Ocurrió que un día sus brazos lo rodearon y atravesaron... Ocurrió que él formó parte de ella y ella de él. Y ella se refugió en su interior, con una explosión de mil latidos marcando el tiempo y las mil caras de lo que podría ser: los destinos.
Alma observó todo y se empapó de la vida a su alrededor. Y vio su globo expandirse. Y vio su entendimiento expandirse. Y vio su conocimiento expandirse. Y vio su amor expandirse por ese pequeño universo de perlas brillantes, luces y colores. Y lo atesoró aún más. Y lo quiso aún más. Y se prometió a si misma que nunca dejaría de hacerlo.
Pero Alma, a veces, estaba triste. Algunos de aquellos mundos que crecían, nacían y morían a su alrededor parecían ignorar su presencia. O adorar erróneamente su presencia. O culpar a su presencia. En ellos no había término medio, ni principio, ni fin. Sólo caos y preocupación... Pero ella no perdía la esperanza. Ella era la Esperanza. Y el Amor. Y todo lo que es bello y hermoso.
Así que siguió viajando, observando, sintiendo. Siguió alentando, ayudando, viviendo. Y llegó un año, un día, un segundo concreto, en el que encontró un planeta aún no formado, de nubes de vapor y viento, persiguiéndose juguetonas en un remolino lila. Y vio que era un mundo nuevo. Y vio que era un mundo bello. Y esto le hizo sonreír.
El pequeño planeta se encontraba quieto, casi asustado, vagando a la deriva en la oscuridad, así que lo abrazó y acunó como una madre acuna a su recién nacido y le buscó un punto de luz, para que dejase de temblar de frío. Con mucho cuidado y con mucho amor, observó cómo las nubes se elevaban a su alrededor, cómo trotaban las aguas de Nabia y cómo pequeños pedazos de tierra empezaban a surgir sin ninguna forma concreta. Y esto le hizo sonreír.
Pero aquellas pequeñas islas, aun ricas en árboles y minerales, eran demasiado pequeñas para albergar comunidades sostenibles de animales. Por ello, Alma, queriendo que el planeta prosperase, pues le parecía muy bello, agrupó todos aquellos islotes en un lado del planeta y dejó el otro lado despejado y expectante. Y esto le hizo sonreír.
Y pensó Alma: <<Este planeta es bello, pero no podía tener vida. De la misma forma, yo era feliz fuera de mi pequeño globo, pero estaba sola. Ahora, a veces me pongo triste dentro de este globo grande, pero tengo compañía y una razón para existir. Parece ser que todo en la existencia tiene un lado bueno y otro malo...>>. Y observó Alma la existencia y todas sus criaturas y se dio cuenta de que tenía razón... Y aun así, esto le hizo sonreír.
Entonces, dirigió Alma otra vez su mirada a este nuevo mundo y pensó: <<No puedo poner en él algo bueno sin algo malo, pues no habría equilibrio, no evolucionaría y acabaría por perecer en la fría indiferencia,... como aquellas lunas casi muertas que visité>>. Entonces, decidió Alma, en su cavilar, que aquél sería el refugio de este pensamiento. Y esto le hizo sonreír.
Guardó Alma en este nuevo mundo su esperanza y su temor. Y su esperanza fue una gran estrella. Y su temor una lágrima rodeada de marismas venenosas. Y le pareció a Alma que estas tierras equilibrarían al pequeño mundo, le darían un futuro más fructífero y le permitirían prosperar con o sin su presencia...
Y esto, le hizo sonreír.