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viernes, 25 de mayo de 2018

Guerrera



Abrazada por las lenguas de fuego,
la oscuridad de una noche sin luna,
sin viento, sin estrellas, sin fortuna,
sin calma, sin cobijo, sin sosiego.

Así fui encontrada y así me entrego:
corazón sin muro o defensa alguna,
palabra intencionada que importuna,
que juega rebelándose en el juego.

Podría ser escasa mi armadura
contra un mundo feroz y bien armado,
contra sus malas artes y conjuras.

Es, quizá, mi intento desesperado
sin saber si estoy sola o a la altura
de aniquilar el veneno inculcado.

sábado, 31 de marzo de 2018

La tejedora de historias: El lince pardo de Nanse.



 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El lince pardo de Nanse" toca ahora, 
escucha con atención.


Érase una vez, una historia de amor fraternal.
Érase una vez, una historia de una ídolo y su admiradora.
Érase una vez, una historia de un trágico accidente.
Érase una vez, una historia de una mágica protectora.
Érase una vez, una historia de valientes agentes.
Érase una vez, una historia de una niña soñadora.
Érase una vez, una historia de un espíritu indomable.
Érase una vez Amina y Ariel. Y esta es su historia.
Eran ellas dos jóvenes valientes de nueve y diecinueve años, con toda una vida por delante. No habían crecido juntas buena parte de su vida, pues Amina ya había partido para entrenar junto a su maestro en el arte de la lucha cuando Ariel entonó su primer llanto. Pero esto no las libró de formar un poderoso lazo que unía sus corazones en un amor fraternal y una camaradería como las que solo dos grandes mujeres podían llegar a sentir, en aquellos tiempos de antaño.
Amina protegía y guiaba a Ariel y Ariel idolatraba a Amina por encima de todas las cosas.
Era por esto que las jóvenes se esforzaron en pasar juntas todo el tiempo que sus estudios y diferencia de edades les permitían, visitándose y pasando todos sus permisos y descansos en compañía.
Llegó el día en que la joven Ariel debía partir para unirse a su ágil y fuerte hermana, quien ya casi había completado su formación, y ambas decidieron celebrarlo con una pequeña excursión de aventura. Irían a los Montes Satélite, que por entonces tenían otro nombre más antiguo, a practicar escalada en las paredes rocosas del cañón en el que brotan las primeras aguas del río que hoy llamamos Laika.
El día era templado, como todos los días de la región. La vegetación azulada se adhería como podía a las paredes de la roca absorbiendo la humedad y su frescor, creando caminos verticales aleatorios, enmarcados por sus florecillas rojas. El eco canturreaba con los susurros de las primeras aguas sin un atisbo de viento que le acompañase en el fondo del valle. Parecía la ocasión perfecta.
Las dos mujeres sacaron sus herramientas y comenzaron a escalar la montaña con calma pero sin pausa, querían alcanzar la cima a tiempo de la hora de la comida y disfrutar charlando de la luz de Pronto hasta el atardecer, hacía demasiado tiempo que no tenían la oportunidad de pasar un día entero juntas y, mucho menos, con semejante paisaje a su alrededor.
Pero, al parecer, el destino no estaba muy de acuerdo con la paz que buscaban y les tenía otro camino reservado. Cuando apenas habían llegado a la mitad del recorrido, la pequeña Ariel resvaló, perdió altura y estuvo a punto de estrellarse contra un saliente que de seguro le habría roto una pierna como mínimo. Por suerte, los reflejos entrenados de su hermana le hicieron impulsarse rápidamente en su dirección y alcanzarla a tiempo. Ambas se miraron y respiraron aliviadas, temblando por la adrenalina y conscientes de lo cerca que habían estado del desastre.
Pero, por desgracia, aquello no supuso el fin del peligro, pues la misma maniobra que permitió a Ariel recuperar el equilibrio, desestabilizó el de Amina con una prontitud ante la que ninguna de las dos fue capaz de reaccionar a tiempo. Antes de ser conscientes siquiera de lo que estaba pasando, los ojos de Amina se clavaron con un grito silencioso en los de su hermana mientras esta era obligada a observar cómo caía al vacío y cómo su cuerpo desaparecía en el fondo del valle.
Ariel nunca recordaría cómo logró llegar a la cima.
Tampoco a través de qué camino logró llegar a casa.
Lo único que su mente sería capaz de retener de aquella tarde fue cómo un animal que durante décadas había reuhído el contacto erlino y que se creía extinto había aparecido a su lado y había tirado de su ropa hasta obligarla a ponerse en pie y seguirla hasta la cercana aldea de Nanse, permaneciendo a su lado hasta que un grupo de adultos se hizo cargo de ella.
Nunca nadie fue capaz de recuperar el cuerpo de Amina, por más que lo buscaron. Nunca nadie pudo explicar qué había pasado exactamente aquella tarde ni cómo una joven agente tan prometedora había hallado tan horrible final.
Nunca nadie fue capaz de entender cómo aquel animal se había encariñado y guiado a una niña, cómo se había mantenido cerca y cómo había vuelto a ella tiempo después, negándose a apartarse de su lado nunca más. Y Ariel había aceptado en su vida a aquella lince cuya mirada la seguía a todas partes, aquella lince de pelo pardo como el de su hermana, aquella lince que se aseguraba de mantenerla a salvo, acompañarla en todas sus misiones y que acabó salvándole la vida más de una vez. Igual que aquella primera vez.
Y fue así como la lince Amina se convirtió en un símbolo; en el símbolo de los agentes caídos, en el símbolo de los agentes de servicio y en el de todos los agentes erlinos en general. Se convirtió en el Ojo Avizor que nos protege y en la lealtad entre compañeras y hermanas que se quieren y se protegen más allá de la muerte.

viernes, 22 de julio de 2016

La tejedora de historias: Los hijos del carpintero


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Los hijos del carpintero" toca ahora, 
escucha con atención.



            Gran maldición fue aquella que sufrieron los hijos del carpintero y que enseñaría una valiosa lección a las generaciones futuras: la de la estrecha relación entre envidias y soledades cuando nos dejamos arrastrar por alguna de ellas.
         Era el padre de estos gemelos muy hacendoso, talentoso y bienintencionado. Sus trabajos eran muchos y su salud escasa, lo que le empujó a tomar la mala decisión de emplear su valioso tiempo excediéndose en el trabajo para que, de faltar él algún día, sus hijos pudiesen valerse de su ejemplo y sus ahorros en lugar de poseer un puñado de recuerdos melancólicos y tristes compartidos con él. El resultado fue que aquellos muchachos crecieron solos y se hicieron a sí mismos en todos los sentidos, buenos y malos, que dicha expresión puede albergar: Sacaron sus propias conclusiones de la vida, tomaron sus propias filosofías y valores...
            Llegó el fatídico día en que su padre, ya postrado en cama, parecía no ser capaz de aferrarse a la vida por más tiempo, por lo que les mandó llamar. Acudieron ellos esperando despedirse y seguir con sus propias vidas independientes, con sus carreras, con sus ambiciones, sin mirar atrás. Pero una sorpresa les aguardaba en la mesita de noche: Dos cajitas de madera, de parecido tamaño y dispar apariencia. La primera era la más grande y llamativa, delicada y ostentosa, con piedras preciosas engarzadas y filigranas entrecruzadas por doquier; la segunda era algo más pequeña y sencilla, pero igualmente bella, con madera fuerte y robusta, relieves tallados y un barnizado exquisito.
            Su padre, rompiendo junto con el silencio la fascinación de sus hijos, les habló así:
            - Hijos míos, mi hora ha llegado al fin. He de partir de este mundo y no es poco ya lo que os dejo en posesiones, pero me gustaría añadir un último obsequio a vuestra herencia. Mucho he rogado a Alma para que haga de vosotros hombres de provecho y que nada os falte: ella me ha escuchado, hacedlo ahora vosotros.
            >>Sabéis que a través de mi estirpe descendéis de un hombre que en su día fue ermitaño, parte de una orden dedicada al conocimiento y la sabiduría terrenal, y es esa sabiduría terrenal heredada la que asumo en vosotros y a la que apelo ahora. En mi mesita habéis observado ya dos cajas de madera con relieves artesanales que ahora pasarán a vuestro cuidado. Ambas son a la vez muy diferentes pero complementarias y por esta razón, al igual que vosotros, siempre deberían permanecer unidas, bajo un mismo techo, bajo una misma posesión. Sé que no puedo impedir que os repartáis todo mi patrimonio y lo espero, pero atended bien: si habéis de partir caminos y repartiros las cajas, aseguraos de elegir bien con cuál de ellas os quedaréis y bajo ningún concepto cometáis el error de romper sus sellos y abrir lo que ha permanecido oculto durante tantos siglos.
            Con estas palabras los despidió y al marchar la luz de aquél día su espíritu se fue con ella, dejando a sus hijos solos en la oscuridad del mundo.
            Y antes incluso de que llegara el alba, el primero de los hermanos, el más avaricioso y deshonorable, ya pretendía desoír los deseos de su padre, permitiendo que su codicia determinase qué caja quería poseer y qué haría con ella. Con su progenitor aún de cuerpo presente y algo de calor aún habitando su cuerpo, entró sin pudor en la habitación y cogió ansioso la caja ostentosa, presumiendo que si tenía tantas riquezas en el exterior, el interior debía ser aún más asombroso.
            Rompió el sello y la abrió sin dudar, y en ese mismo instante la maldad y la mala fortuna salieron juntas de la mano buscando un nuevo recipiente y se alojaron en su corazón, envenenándolo con su negrura.
            El muchacho maldijo. Maldijo a la caja y su contenido. Maldijo a su padre y todos sus antepasados. Maldijo a todo y a todos, menos a sí mismo y a sus actos, mientras su corazón se retorcía en su pecho como si una garra lo estrujase.
            Y entonces quiso reparar su mal desobedeciendo nuevamente, tornando su atención hacia la caja humilde, arrancando su sello con manos temblorosas por la rabia y el dolor, abriendo una propiedad que ya no le pertenecía, liberando a la bondad y la buena fortuna esperando que equilibrasen el mal en su interior. Pero ellas le rechazaron, pues las cajas eran complementarias, pero sus contenidos no eran coexistentes, no podían habitar juntos en el mismo individuo, aquél regalo que él había obviado y rechazado ahora pertenecía a su hermano. Y su envidia, alimentada por la maldad, no lo pudo soportar.
            Daga en mano, se dirigió a la habitación de su hermano y se apoderó literalmente de su corazón, asegurándose de que nunca volviese a despertar; privando a la bondad y a la buena fortuna de su nuevo hogar y obligándolas a vagar sin rumbo, entregadas al azar. Y ocultó el corazón sin vida en la caja humilde y la daga ensangrentada en la caja ostentosa, enterrando la primera junto a su hermano y huyendo con la segunda.
            Pero este crimen no podía quedar impune. Y quiso Alma, o el destino, o ambos, que no fuese así, pues una maldición cayó sobre aquellas cajas por la cual, se dice, la caja ostentosa sólo podría albergar cosas nocivas, cuya negra aura ahuyentará a todo y a todos, condenando a su dueño a la riqueza en apariencia junto a la miseria de la soledad; y la humilde sólo podría albergar cosas buenas, emitiendo un aura tan pura y limpia que incendiará envidias y rencores, condenando a su dueño a los peores peligros y amenazas de la enemistad.

            Y así comenzaron sus viajes por separado, de mano en mano, de dueño en dueño, interviniendo silenciosas en los destinos de erlinos incautos, esperando impasibles un posible reencuentro."



viernes, 1 de julio de 2016

Ermitaña dramática


Andando por el bosque me perdí
y no encontré en los árboles respuesta
alguna que me llevase de vuelta
hasta el punto de encuentro o hasta ti.

¿Qué será a partir de ahora de mí?
Sin medios, sin recursos, sin maletas,
sin mapas, sin cobertura, sin fuerzas,
sin plan de escape con el que salir.

Tendré que convertirme en ermitaña,
buscar alguna cueva e instalarme
junto al río, a los pies de la montaña.

Me va a costar la vida acostumbrarme,
pero ello no es la cosa más extraña
pues es lo que me espera en estos lares.




viernes, 4 de diciembre de 2015

Soneto a una sonrisa


Érase un hombre de risa constante,
érase una boca toda de dientes,
era una sonrisa sobresaliente,
felicidad cálida y deslumbrante.

Era una cueva y mina de diamantes,
era teclado de piano excelente,
era camino cubierto de nieve,
era promesa de vida agradable.

Era de mármol aquella escalera,
era del astro sol mil y un rayos
reflejándose en la mar serena.

Era mueca de rubor y descaro,
de tanta gratitud y cosas buenas
que alumbraba en la noche más que un faro.



lunes, 9 de noviembre de 2015

La tejedora de historias: Las Garras de Eris


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Las Garras de Eris" toca ahora, 
escucha con atención.



            "Cuando el mundo era joven todavía, las tierras que lo formaban eran misteriosas todavía, las criaturas que lo habitaban eran extrañas todavía y muchas de las historias que acontecieron eran recuerdos sin importancia todavía y, por lo tanto, nunca serían contadas.
            Pero algunas sí sobrevivieron. Algunas se antojaron tan fantásticas e increíbles a ojos de aquellos que las vivieron que ellos mismos parecieron dudar de la fiabilidad de sus sentidos y decidieron asegurarse de que perduraban en los recuerdos de cada erlino para que todos ellos las juzgasen a su parecer.
            Ésta es una de ellas.

            Eran tiempos de salvajismo y eran tiempos de terror. Eran tiempos de ignorancia sobre el tiempo; y el espacio; y la vida. Eran tiempos de existencias vacías y codicias plenas. Era tiempo de hallar límites y romperlos, de ir un paso más allá... en la mayoría de las ocasiones por las razones equivocadas.
Cuando los erlinos creyeron dominar la tierra firme que habitaban, el primer límite fue alcanzado y ello les obligó a dirigir sus miradas al inmenso océano y sus profundidades.
Las aguas de Nabia eran por lo general cálidas, transparentes y llenas de animales pacíficos... excepto unas Marismas Gélidas situadas en el extremo meridional del mundo. Muchos se acercaron y muchos las bordearon, pero fueron aquellos que se sumergieron en ellas los que nunca más volverían a salir. Se decía que la misma muerte moraba en aquél infierno y no eran pocos los que perjuraban haber visto sus negros tentáculos escamados asomar sobre la superficie.
Y la leyenda creció como crecen los árboles, de una raíz oculta salió un tronco único y fuerte, ramificado en mil direcciones con un fruto distinto en cada extremo. Pero aunque verdades haya muchas, la auténtica realidad tan sólo puede ser una.

Se dice y se cuenta –como se acostumbra a hacer cuando lo extraño acontece- que hubo en una ocasión una buena muchacha, hija de una buena mujer, que se escapó de casa para explorar animada por la curiosidad de su juventud. Andando y andando llegó hasta el confín del mundo, donde perdida entre altas rocas, comenzó a llorar su desdicha, naciendo de sus ojos dos ríos de miedo y terror: Phobos y Deimos, los dos torrentes que barrerán por siempre las penas silenciosas de los Montes Lágrima.
Aún desorientada y no pudiendo soportar su dolor, tuvo la suerte o desgracia de encontrar el abismo que se cernía sobre la pesadilla de marineros y exploradores. Y saltó. Saltó a aquél infierno la pobre criatura, esperando en la muerte el perdón por su imprudencia. Las marismas la acogieron y ella se dejó ir... pero su hora no había llegado.
Unas garras poderosas pero gentiles rodearon su cuerpo, la acunaron y la arrastraron, y sintió bajo sus manos escamas frías como el hielo y más escurridizas que el agua misma. <<La muerte me acoge y me lleva>> pensó la pequeña antes de perder el conocimiento.
Cuando por fin despertó, alguien o algo arrastraba su cuerpo sobre la arena, mientras unas voces gritaban a lo lejos. Varias recolectoras de moluscos se acercaban corriendo en su dirección, seguramente temiendo encontrar un cadáver a medio devorar. Pero la niña estaba viva; viva y suficientemente consciente para ver por sí misma cómo aquella gran serpiente negra de ojos rojos desaparecía de nuevo en el agua con calma y determinación.
Y ella esperó en silencio, sosteniendo en su mano un anillo dorado, acariciándolo hasta que el sonido de su inscripción acudió a sus labios: Eris. Un bello siseo de agradecimiento para una delicada lengua silbante.

Nadie volvió a ver nunca a la serpiente.
Muchos dudaron de la historia, sí. Otros la creyeron una confusión. También muchos trataron de buscarla y fracasaron en el intento, perdiendo su tiempo, sus esfuerzos y en ocasiones hasta sus vidas, tal y como había sido siempre. Pero nadie más, ni hombre ni mujer, saldría nunca con vida de aquellas marismas.


Sólo aquella niña, la única que no quiso volver, regresó; la única que no quería un tesoro, lo encontró. Sólo aquella que se entregó a la perdición fue salvada de ella por el gran corazón de un gran monstruo; por las cálidas garras de la gélida Eris."



martes, 20 de octubre de 2015

Musa

Dos meses sin suspiros,
dos meses sin tus ojos,
dos meses sin sonrojos
que arranquen mi delirio.

En mi dedo: un anillo,
en mi mente: un cerrojo,
en mis labios: los despojos
que no merecen ser descritos.

Qué decir, lo admito,
no sé, en mi enojo
por mi falta de arrojo,
de palabras, de equilibrio.

¿Y si ahora te olvido?
¿Y si ahora me arrojo
a otros brazos y me encojo
como un bebé en un ovillo?

Quizá sería un descuido,
quizá mi oído cojo,
quizá sólo un manojo
de versos sin sentido.


martes, 4 de agosto de 2015

Poemas medievales

Con el cántaro, cantando,
corro feliz a la fuente,
canto coplas y coplillas,
canto suave, canto fuerte
y, al llegar cantando al río,
yo cruzo bailando el puente.
Cuentan que viven contentos
contando monedas, dientes
de oro, bienes y tierras.
Yo sólo cuento mis suertes
y canto feliz mis cuentos
y soy dichoso en mi mente.
Tiene el mal juglar
pelotas sin malabares,
mil amigos por los bares
y ni un solo real.
Si entrarais a esta casa
y quisierais de comer,
lo que entre en vuestra boca
con vos lo habéis de traer
y, con estos que aquí viven,
amables, compartiréis.
Pues aquí no tengo vino
pero sí quiero beber,
tampoco tengo comida
con la cual entretener.
Yo pongo techo y sonrisa,
el resto lo pone usted.
No tengo novio ni novia,
tampoco perro ni gato,
pues, señor, no se me antoja
la compañía de esos cuatro.
Si tomaseis, mi señora,
mis manos en vuestras manos
y miraseis a mis ojos
con esos vuestros, dorados
serían los mil suspiros
que verterían mis labios.
Y al nacer en horizontes
que se antojan muy lejanos
el sol, la luna y estrellas,
no cesaría al miraros
bajo todas esas luces,
sombras, destellos y claros,
pues ya hállome yo, dichoso,
cerca para contemplaros.
Cantad, ruiseñor,
cantad a la mañana
que amanece temprana
al despertar el Sol.
No me vengas moreno
cantando coplas
bajo mi ventanuco
entre las sombras.

Pues me conozco el cuento
y todo el truco,
no me engatusarán
palabras de humo.

Tú gánate el jornal
y ya hablaremos,
que el amor no interesa
en estos tiempos

sin monedas y tierras
en el bolsillo,
sin un pan bajo el brazo,
techo y cobijo.

Es ruin hablar así,
lo sé, lo asumo;
pero aún es más ruin
la ruina de uno

cuando rujen las tripas
y azuza el frío,
tus palabras de humo
son mal abrigo.
En la cabeza, un sombrero;
en el ojal, una flor;
en los labios, un te quiero;
en mi mano, el corazón.



lunes, 2 de marzo de 2015

El suspiro


No puedo dejar de pensar
qué hubiera sido,
qué sería y qué será
mi vida sin el olvido,
sin una fuerza con que avanzar.
Hoy vuelven suspiros
que había dejado atrás
y los miro...
pero ya no los dejo entrar.
No es un castigo,
no es ninguna maldad,
ni un destino
retorcido y voraz;
el camino
que hoy sigo no es igual
al torbellino
que tal vez recordarás.
Es distinto,
es más claro, más veraz,
más definido,
es quien soy de verdad,
y no es lo mismo...
y ya nunca lo será.
Custodia tú el largo suspiro,
algún día pasará.



martes, 13 de enero de 2015

La tejedora de historias: Corazón de hielo


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Corazón de hielo" toca ahora, 
escucha con atención.


            "Fue y es, como ha sido siempre, misión de aquellos que trabajan al amparo de Alma la de custodiar las misteriosas y míticas puertas sagradas con recelo y cuidado, vigilando sin descanso quién las cruza y las traspasa. Su cometido es vital y primordial para la seguridad de nuestro mundo, pero también para todos aquellos que desconocen la inmensidad del universo y la identidad de los extraños que les visitan con la oscuridad de la noche... y de sus propias almas.
            Siendo un trabajo tan importante, no es hoy ningún secreto que sus ubicaciones fueron antaño secretas, para evitar el desastre que algunas fugas ingenuas, aventureras o peligrosas pudiesen causar. Tampoco son hoy desconocidos para muchos los límites a los que algunos estaban dispuestos a llegar para evitar lo que parecía inevitable,... el traspaso del Umbral y el despertar de la Dama de hielo.

            Corrían tiempos de paz y felicidad en un continente en el que Pronto parecía brillar por primera vez. Los Malditos habían sido exiliados a Seteh, las seis hermanas habían concluido su visita, las instituciones de las seis Terrae comenzaban a caminar solas y los erlinos parecían confiar unos en otros de nuevo, al igual que en sí mismos. Tal era la felicidad y dicha que les embargaba, que a alguien algún día, se le ocurrió la feliz idea de decir: “las nubes que parecían oscurecer el cielo, bajaron al suelo para acompañarnos y que podamos ver la luz”; y así fue como nuestras seis instituciones serían conocidas como Nubes a partir de ese momento.
            Pero con las seis hermanas de vuelta a donde quiera que hubiesen ido, el conocimiento de las puertas sagradas y cómo traspasarlas permaneció con los erlinos... pero no tanto la protección que ellas ejercían sobre los Umbrales, la cual recayó en la joven Orden de los Ermitaños.
            Sucedió –como sucede siempre- que los Malditos querían recuperar su poder salvaje de antaño y dejar que el miedo y el poder de la fuerza bruta cabalgasen rampantes y desbocados por el continente de la estrella. Sucedió también que, para desgracia de los ermitaños, una de las puertas se encontraba escondida en algún lugar de Seteh y, más si cabe que a ninguna otra, debían protegerla.
            Pero no lograron mantenerla oculta por mucho tiempo.
            En lo más profundo y frío de la más profunda y fría cueva, dos ermitaños perdieron la vida una noche justo antes del fin de su turno. Los dos que deberían sustituirles más dos agentes de refuerzo, siguieron su suerte a la noche siguiente. La puerta había sido descubierta, su Umbral claramente traspasado y su difícil protección en terreno tan angosto ponía en peligro todo aquello por lo que luchaban.

            Los gobernadores se reunieron y opinaron, ofreciendo la solución de soldarla, pues la propia estructura de la puerta estaba construida en el metal sagrado de las hermanas y podría ser sellada de esta forma. Pero a muchos no les pareció suficiente o duradero; el sello podría ser fácilmente derretido por los criminales.
            Entonces la primera Suma y Única Sacerdotisa de Alma, la angelical Ninlil, la entonces llamada Dama de blanco, por cuya sabiduría y calidez era amada y respetada en toda Erlia, tomó bajo su responsabilidad el conseguir una solución y pidió a su joven discípula y futura sucesora que la acompañase de vuelta a su santuario sagrado para meditar y rezar a Alma. Éste se encontraba en el cabo más septentrional, tras cruzar las más escarpadas montañas del continente, en un lugar hoy desierto, donde no queda nada; donde se dice que el viento sopla tan fuerte que ayuda al espíritu a volar;.
            Alma acudió en su ayuda y le otorgó una solución. En la estepa invernal que es Seteh, ninguna llama mortal ardería lo suficiente para soldar la puerta, pero tampoco para derretirla. La Sacerdotisa sería bendecida con un poder espiritual, una fuerza interior con la que Alma canalizaría su propio poder a través de su querido ángel y congelaría la puerta. Pero Ninlil debía tener cuidado: Hasta que el proceso terminase, no debía perder nunca el contacto físico con la puerta.
            Llegó el día señalado y un gran destacamento de tropas se adentró en Seteh para asegurarse de proteger a la Sacerdotisa, pero estos eran los primeros tiempos, la era en la que los Malditos eran todavía muy fuertes, estaban llenos de ansias de sangre y no había nada que les importase perder más que aquella puerta: su única vía de escape del infierno congelado.
En medio de una batalla encarnizada, tan sólo unos minutos antes de que Ninlil finalizase, dos asesinos se abrieron paso hasta la sacerdotisa y consiguieron apartarla de la puerta. Pero ya era demasiado tarde.
            Era demasiado tarde para los malditos, pues la puerta, aun no estando sellada del todo, ya era infranqueable. Era demasiado tarde para los dos asesinos, pues el hielo que fluía a través de la mujer los congeló al instante. Era demasiado tarde para la sacerdotisa, pues este hielo que aún albergaba su cuerpo no encontró una nueva vía de escape y se alojó en su corazón, congelándolo para siempre y, con él, su sonrisa y su dulzura. La Dama de hielo había despertado.
            Los médicos lo intentaron todo, los ermitaños lo estudiaron todo, pero el espíritu de Ninlil estaba tan maldito como la tierra que lo destrozó. Tras años impasibles sin solución, despojada y alejada de su vida y de su cargo, prendió fuego a su santuario en un intento demente de dejar tras ella algo cálido en el mundo y se acercó al abismo del acantilado que hoy lleva su nombre, dejando que aquel fuerte viento se llevase tanto su espíritu como su cuerpo.
            Es por esa razón y por su memoria que, a partir de ese momento, todas las generaciones de sacerdotisas no poseen ningún lugar concreto de residencia y que las altas montañas del norte se conocen como los Montes Suicidas, pues sólo aquellos que desean entregar su vida a los vientos y a las aguas de Nabia se aventuran a traspasarlos.



            En cuanto a la puerta sagrada, permanece cerrada, pues ningún fuego mortal puede arder lo suficiente en la estepa congelada para derretirla. Pero, como el trabajo no fue terminado, cuentan las leyendas que quizá haya un fuego que si pueda: un fuego inmortal; la clase de llama que no arde en la tierra sino en el alma, persistente e insistente, alimentada por todas aquellas pasiones que alborotan las aguas, agitan los vientos y desatan tormentas."




jueves, 1 de enero de 2015

Año nuevo


Y se va...

Se va el tiempo, vigía

de recuerdos por guardar

en la memoria inquisiva

de una mente sin maldad.

Y no vuelve aunque lo pidas;

nunca dará vuelta atrás,

buena, mala, cálida o fría,

la rueda que gira sin parar.

Y se va la luz del día

y llega, en la oscuridad,

un nuevo año, otra vida,

una página en blanco por llenar.



martes, 23 de diciembre de 2014

Hagamos vida


Qué es este acelere.

Qué es esta movida.

¿Por qué tanto hacer cosas

que luego se olvidan,

se rompen, se mueren

y a nadie le importa?

Señores, por favor, despierten.

Aquí tienen una torta,

un aviso o sacudida,

un enorme cubo de agua fría;

Pero, por favor, despierten

y dejen ya de hacer cosas...

Señores: Hagamos vida.



miércoles, 24 de septiembre de 2014

La tejedora de historias: El vuelo de los Ledas.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El vuelo de los Ledas" toca ahora, 
escucha con atención.


            "Sucedió una vez en Seteh un gran levantamiento de rebelión que no era el primero ni sería el último, pero que vio nacer una leyenda inmortal que de seguro pervivirá hasta el final de nuestro tiempo; esto es, si nadie la verifica o desmiente con éxito en algún momento de nuestra historia.
            Se dice que una gran agente, de nombre o apellido Leda, pereció en aquella revuelta dejando a cuatro criaturas solas en este mundo. Se dice también que la Capitana de la época estaba enamorada de ella en secreto y, en su dolor por la pérdida, adoptó a los mellizos sin tardar: dos niñas, Kassia y Hesper; y dos niños, Karsten y Panos. Los cuatro de la misma edad, los cuatro con el mismo pasado, los cuatro con el mismo destino.
            Los días pasaron y las noches también, y los que fueran bebés un día crecieron a la vez. Juntos, inseparables, fuertes y audaces. Persistentes en su empeño y, siguiendo un sueño, llegarían a ser grandes agentes como su madre antes que ellos.
            Se dice que los cuatro se separaron y emparejaron en el trabajo: ingresando Kassia y Hesper en el Departamento de Misiones Especiales, mientras que Karsten y Panos lo hicieran quizá en el Departamento de Investigación Científico-analítica. Se dice que fingieron que sus caminos se separaban ligeramente, que los cuatro se dedicaban a sus especialidades con empeño y que nada fuera de lo común o rutinario parecía poder llegar a pasar.
Pero llevaban dentro un río de sangre que ardía con mil rayos de Pronto y su entrenamiento había sido excelente y unitario desde la cuna. Habían nacido y crecido con la fuerza y el poder de un todo: cuatro mentes percibiendo cuatro mundos, pero pensando al unísono como una sola. Una voluntad férrea e indivisible que les llevaría a volar hasta lo más alto... entre las sombras.
Y la Capitana lo sabía.
La rebelión de Seteh había estado dormida, recuperando fuerzas, durante casi veinte años. Aquel golpe que había acabado con Leda, había sido sofocado de inmediato pero nunca aplacado, pues nunca es posible domesticar del todo a una bestia encarcelada y sedienta de odio cuando conoció una vez la libertad. La situación era tensa y delicada, pues si no hacían nada seguirían reuniendo fuerzas y si hacían algo la guerra volvería a estallar. El conflicto directo parecía inevitable.
Pero no lo fue.
Valiéndose de las amplias capacidades de los cuatro jóvenes, la Capitana tomó una decisión arriesgada, secreta y unilateral de la que –estoy segura- deseaba no tener que arrepentirse nunca. Una pequeña delegación secreta, tan sólo compuesta por ellos cuatro, fue enviada al Continente Maldito desde el norte, dando casi toda la vuelta al globo para afrontar Seteh desde el sur. Separándose en parejas, bordearon las Garras de Eris con cuidado de no quedar atrapados y desembarcaron en la desembocadura de los ríos Phobos y Deimos en mitad de la noche.
Se dice que fueron ellos en ese momento los primeros en llevar a cabo la maniobra acuática que los agentes aún conocen como “Cygnus”, el viaje por el agua. Karsten y Kassia se introdujeron en las aguas de Phobos y Panos y Hesper lo hicieron en Deimos, o quizá fuese al revés. Equipados con respiradores, ascendieron río arriba buceando, hasta alcanzar la mismísima entrada a los Montes Lágrima dos días después.
Se dice que atacaron en silencio, como serpientes deslizándose en la noche, indujeron un profundo sueño en los guardas con sedantes y, como las alas de la muerte, descendieron sobre todos los líderes y segundos al mando de la rebelión. Cuando los centinelas despertaron a la mañana siguiente, el único vestigio de su presencia fueron una treintena de cabezas cortadas y expuestas en lo alto de la colina más cercana, formando entre ellas una sola palabra: Avisados.
Sobra decir que los malditos tardaron más de cien años en intentar una nueva insurrección, tal fue su miedo a semejante muerte silenciosa y certera. La última batalla de la guerra habría sido ganada antes de haber comenzado, gracias a cuatro agentes sin rostro hoy perdidos en el tiempo.
Algunos dudan si esto pasó de verdad o si los Ledas siquiera existieron. Otros afirman que es cierto y que ese fue su primer trabajo, pero no el único. Otros van más allá y perjuran saber que la tradición continuó, que el espíritu de los Ledas permaneció vivo en nuevas generaciones de agentes: dos varones y dos hembras, de la misma edad y grandes capacidades, entrenados en su máximo potencial y con una relación muy estrecha entre ellos; tan sólo siendo conscientes de su existencia los propios agentes y los Capitanes bajo cuyas únicas órdenes sirven en el más absoluto secreto...
            Es verdad que muchos nombres se han ocultado y otros se han olvidado o se olvidarán, es verdad que la historia podría no ser del todo cierta,... pero la esencia de leyenda aún perdura susurrante entre las paredes de Nubes Retis, generación tras generación, con la dulce promesa de poder llegar a ser parte de algo más grande que uno mismo; como un excitante secreto a voces con el que todos sueñan aunque, cuando llegua la hora de alzar la voz, nadie admita creerlo cierto."