Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de abril de 2018

#Lía: Una simple hormiga



   La puerta se cerró tras Lía con el mismo estruendo con el que su mundo se vino abajo. Un terremoto de emociones aceleraba su corazón y ensordecía sus oídos cansados de insolencias no solicitadas.
   Su portátil.
   ¿Dónde estaba su portátil?
   En la distancia sonaba un teléfono. En la calle, una sirena. El grifo de un vecino, la tele de otro. El zumbido de su propia nevera. En su memoria, los pasos sobre adoquines a sus espaldas.
   Internet. Tumblr. Nueva entrada.
   Sus ojos vieron el cursor parpadear...

   “No me lo puedo creer.
    No quiero creérmelo.
   No quiero creer que no pueda volver a casa, andar, caminar, poner un pie detrás de otro... ¿está prohibido por la ley? No. Entonces, ¿por qué no debería poder hacerlo sola y sin miedo? ¿Por qué no me dejan hacerlo?
   Si no vuelvo y me quedo con alguien, me puede atacar y será mi culpa por dormirme en su presencia. Si vuelvo sola, me pueden atacar y será mi culpa por volver sola a esas horas. Si pido a alguien que me acompañe, me puede atacar y será mi culpa por insinuarme a esa persona. Si cojo un taxi, el taxista me puede atacar y será mi culpa por haberme subido en él...
   Si paso al lado de un hombre y me mira, ¿qué hago? ¿Le miro para que sepa que me quedé con su cara? ¿No le miro para que no se sienta confrontado? ¿Me cambio de acera para ver si se le ocurre perder el interés? ¿Me quedo en la mía para que mi miedo no le divierta? ¿Le contesto para que se calle? ¿Me quedo callada para que se calle? ¿Me resisto para que no me fuerce? ¿Me dejo para que no me mate? ¿Izquierda o derecha? ¿Arriba o abajo? ¿A o b?
   ¿Hay alguna diferencia?
   Para él no.
   Para él, desde el momento en que sus ojos se posan en los míos, soy un objeto que utilizar y abusar, una presa a la que dar caza como sea. Ya no hablamos el mismo idioma, ya no importamos lo mismo. En el momento en que su orgullo y su instinto se miran a los ojos y se dicen “sí”, da igual si cada fibra de mi ser grita “no”, no me escuchará, no me oirá, ni siquiera se percatará de mis intentos de evitarle, porque mi opinión ya no importa, tan sólo sus deseos.
   Él es un niño caprichoso y muy malcriado. Yo, la hormiga que ha caído en su trampa. Da igual quién sea, da igual cómo sea, da igual lo que diga, da igual lo que haga, da igual hacia dónde me dirija… Todo da igual. Mi cuerpo será observado por una sonrisa babeante, mis patas serán arrancadas una a una, mi vida y mi dignidad aplastadas por la autoridad de un dedo inconsciente… o, en ocasiones, demasiado consciente y complacido.
   Pero yo sólo soy la simple hormiga.
   Y me haga lo que me haga, al resto del mundo le dará igual.
   Y no pasa nada.

   Lía envió aquel mensaje con los dedos aún temblorosos. Los mismos que aquella mañana temblaron al leer las noticias. Los mismos que minutos antes se habían aferrado a su bufanda tras el primer piropo. Los mismos cuyas uñas había mordido al oír los pasos que la seguían de cerca. Los mismos que habían agarrado las llaves como una navaja improvisada todo el resto del camino. Los mismos que habían empujado la puerta con prisa para que nadie se colase tras ella en el portal. Los mismos que habían frotado sus ojos para evitar llorar, por milésima vez, en el ascensor.
   Los mismos que escribían por ella las palabras que le gustaría gritar a más de uno a la cara. Estoy aquí, valgo tanto como tú. Este es mi mundo y tengo derecho a vivir tranquila en él.
   Esos mismos dedos, esas manos, esos brazos, esas piernas, esos pies...
   Esas patas de hormiga arrancadas con el mismo crujir de su sonrisa amarga, ese corazón cansado de suplicar que le permitan seguir existiendo, esa voz que no se callará más palabras, …
   Una persona entera que no descansará mientras le queden fuerzas para luchar por su vida y la de todes, mientras le queden fuerzas para seguir viviendo.

sábado, 31 de marzo de 2018

La tejedora de historias: El lince pardo de Nanse.



 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El lince pardo de Nanse" toca ahora, 
escucha con atención.


Érase una vez, una historia de amor fraternal.
Érase una vez, una historia de una ídolo y su admiradora.
Érase una vez, una historia de un trágico accidente.
Érase una vez, una historia de una mágica protectora.
Érase una vez, una historia de valientes agentes.
Érase una vez, una historia de una niña soñadora.
Érase una vez, una historia de un espíritu indomable.
Érase una vez Amina y Ariel. Y esta es su historia.
Eran ellas dos jóvenes valientes de nueve y diecinueve años, con toda una vida por delante. No habían crecido juntas buena parte de su vida, pues Amina ya había partido para entrenar junto a su maestro en el arte de la lucha cuando Ariel entonó su primer llanto. Pero esto no las libró de formar un poderoso lazo que unía sus corazones en un amor fraternal y una camaradería como las que solo dos grandes mujeres podían llegar a sentir, en aquellos tiempos de antaño.
Amina protegía y guiaba a Ariel y Ariel idolatraba a Amina por encima de todas las cosas.
Era por esto que las jóvenes se esforzaron en pasar juntas todo el tiempo que sus estudios y diferencia de edades les permitían, visitándose y pasando todos sus permisos y descansos en compañía.
Llegó el día en que la joven Ariel debía partir para unirse a su ágil y fuerte hermana, quien ya casi había completado su formación, y ambas decidieron celebrarlo con una pequeña excursión de aventura. Irían a los Montes Satélite, que por entonces tenían otro nombre más antiguo, a practicar escalada en las paredes rocosas del cañón en el que brotan las primeras aguas del río que hoy llamamos Laika.
El día era templado, como todos los días de la región. La vegetación azulada se adhería como podía a las paredes de la roca absorbiendo la humedad y su frescor, creando caminos verticales aleatorios, enmarcados por sus florecillas rojas. El eco canturreaba con los susurros de las primeras aguas sin un atisbo de viento que le acompañase en el fondo del valle. Parecía la ocasión perfecta.
Las dos mujeres sacaron sus herramientas y comenzaron a escalar la montaña con calma pero sin pausa, querían alcanzar la cima a tiempo de la hora de la comida y disfrutar charlando de la luz de Pronto hasta el atardecer, hacía demasiado tiempo que no tenían la oportunidad de pasar un día entero juntas y, mucho menos, con semejante paisaje a su alrededor.
Pero, al parecer, el destino no estaba muy de acuerdo con la paz que buscaban y les tenía otro camino reservado. Cuando apenas habían llegado a la mitad del recorrido, la pequeña Ariel resvaló, perdió altura y estuvo a punto de estrellarse contra un saliente que de seguro le habría roto una pierna como mínimo. Por suerte, los reflejos entrenados de su hermana le hicieron impulsarse rápidamente en su dirección y alcanzarla a tiempo. Ambas se miraron y respiraron aliviadas, temblando por la adrenalina y conscientes de lo cerca que habían estado del desastre.
Pero, por desgracia, aquello no supuso el fin del peligro, pues la misma maniobra que permitió a Ariel recuperar el equilibrio, desestabilizó el de Amina con una prontitud ante la que ninguna de las dos fue capaz de reaccionar a tiempo. Antes de ser conscientes siquiera de lo que estaba pasando, los ojos de Amina se clavaron con un grito silencioso en los de su hermana mientras esta era obligada a observar cómo caía al vacío y cómo su cuerpo desaparecía en el fondo del valle.
Ariel nunca recordaría cómo logró llegar a la cima.
Tampoco a través de qué camino logró llegar a casa.
Lo único que su mente sería capaz de retener de aquella tarde fue cómo un animal que durante décadas había reuhído el contacto erlino y que se creía extinto había aparecido a su lado y había tirado de su ropa hasta obligarla a ponerse en pie y seguirla hasta la cercana aldea de Nanse, permaneciendo a su lado hasta que un grupo de adultos se hizo cargo de ella.
Nunca nadie fue capaz de recuperar el cuerpo de Amina, por más que lo buscaron. Nunca nadie pudo explicar qué había pasado exactamente aquella tarde ni cómo una joven agente tan prometedora había hallado tan horrible final.
Nunca nadie fue capaz de entender cómo aquel animal se había encariñado y guiado a una niña, cómo se había mantenido cerca y cómo había vuelto a ella tiempo después, negándose a apartarse de su lado nunca más. Y Ariel había aceptado en su vida a aquella lince cuya mirada la seguía a todas partes, aquella lince de pelo pardo como el de su hermana, aquella lince que se aseguraba de mantenerla a salvo, acompañarla en todas sus misiones y que acabó salvándole la vida más de una vez. Igual que aquella primera vez.
Y fue así como la lince Amina se convirtió en un símbolo; en el símbolo de los agentes caídos, en el símbolo de los agentes de servicio y en el de todos los agentes erlinos en general. Se convirtió en el Ojo Avizor que nos protege y en la lealtad entre compañeras y hermanas que se quieren y se protegen más allá de la muerte.

viernes, 22 de julio de 2016

La tejedora de historias: Los hijos del carpintero


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Los hijos del carpintero" toca ahora, 
escucha con atención.



            Gran maldición fue aquella que sufrieron los hijos del carpintero y que enseñaría una valiosa lección a las generaciones futuras: la de la estrecha relación entre envidias y soledades cuando nos dejamos arrastrar por alguna de ellas.
         Era el padre de estos gemelos muy hacendoso, talentoso y bienintencionado. Sus trabajos eran muchos y su salud escasa, lo que le empujó a tomar la mala decisión de emplear su valioso tiempo excediéndose en el trabajo para que, de faltar él algún día, sus hijos pudiesen valerse de su ejemplo y sus ahorros en lugar de poseer un puñado de recuerdos melancólicos y tristes compartidos con él. El resultado fue que aquellos muchachos crecieron solos y se hicieron a sí mismos en todos los sentidos, buenos y malos, que dicha expresión puede albergar: Sacaron sus propias conclusiones de la vida, tomaron sus propias filosofías y valores...
            Llegó el fatídico día en que su padre, ya postrado en cama, parecía no ser capaz de aferrarse a la vida por más tiempo, por lo que les mandó llamar. Acudieron ellos esperando despedirse y seguir con sus propias vidas independientes, con sus carreras, con sus ambiciones, sin mirar atrás. Pero una sorpresa les aguardaba en la mesita de noche: Dos cajitas de madera, de parecido tamaño y dispar apariencia. La primera era la más grande y llamativa, delicada y ostentosa, con piedras preciosas engarzadas y filigranas entrecruzadas por doquier; la segunda era algo más pequeña y sencilla, pero igualmente bella, con madera fuerte y robusta, relieves tallados y un barnizado exquisito.
            Su padre, rompiendo junto con el silencio la fascinación de sus hijos, les habló así:
            - Hijos míos, mi hora ha llegado al fin. He de partir de este mundo y no es poco ya lo que os dejo en posesiones, pero me gustaría añadir un último obsequio a vuestra herencia. Mucho he rogado a Alma para que haga de vosotros hombres de provecho y que nada os falte: ella me ha escuchado, hacedlo ahora vosotros.
            >>Sabéis que a través de mi estirpe descendéis de un hombre que en su día fue ermitaño, parte de una orden dedicada al conocimiento y la sabiduría terrenal, y es esa sabiduría terrenal heredada la que asumo en vosotros y a la que apelo ahora. En mi mesita habéis observado ya dos cajas de madera con relieves artesanales que ahora pasarán a vuestro cuidado. Ambas son a la vez muy diferentes pero complementarias y por esta razón, al igual que vosotros, siempre deberían permanecer unidas, bajo un mismo techo, bajo una misma posesión. Sé que no puedo impedir que os repartáis todo mi patrimonio y lo espero, pero atended bien: si habéis de partir caminos y repartiros las cajas, aseguraos de elegir bien con cuál de ellas os quedaréis y bajo ningún concepto cometáis el error de romper sus sellos y abrir lo que ha permanecido oculto durante tantos siglos.
            Con estas palabras los despidió y al marchar la luz de aquél día su espíritu se fue con ella, dejando a sus hijos solos en la oscuridad del mundo.
            Y antes incluso de que llegara el alba, el primero de los hermanos, el más avaricioso y deshonorable, ya pretendía desoír los deseos de su padre, permitiendo que su codicia determinase qué caja quería poseer y qué haría con ella. Con su progenitor aún de cuerpo presente y algo de calor aún habitando su cuerpo, entró sin pudor en la habitación y cogió ansioso la caja ostentosa, presumiendo que si tenía tantas riquezas en el exterior, el interior debía ser aún más asombroso.
            Rompió el sello y la abrió sin dudar, y en ese mismo instante la maldad y la mala fortuna salieron juntas de la mano buscando un nuevo recipiente y se alojaron en su corazón, envenenándolo con su negrura.
            El muchacho maldijo. Maldijo a la caja y su contenido. Maldijo a su padre y todos sus antepasados. Maldijo a todo y a todos, menos a sí mismo y a sus actos, mientras su corazón se retorcía en su pecho como si una garra lo estrujase.
            Y entonces quiso reparar su mal desobedeciendo nuevamente, tornando su atención hacia la caja humilde, arrancando su sello con manos temblorosas por la rabia y el dolor, abriendo una propiedad que ya no le pertenecía, liberando a la bondad y la buena fortuna esperando que equilibrasen el mal en su interior. Pero ellas le rechazaron, pues las cajas eran complementarias, pero sus contenidos no eran coexistentes, no podían habitar juntos en el mismo individuo, aquél regalo que él había obviado y rechazado ahora pertenecía a su hermano. Y su envidia, alimentada por la maldad, no lo pudo soportar.
            Daga en mano, se dirigió a la habitación de su hermano y se apoderó literalmente de su corazón, asegurándose de que nunca volviese a despertar; privando a la bondad y a la buena fortuna de su nuevo hogar y obligándolas a vagar sin rumbo, entregadas al azar. Y ocultó el corazón sin vida en la caja humilde y la daga ensangrentada en la caja ostentosa, enterrando la primera junto a su hermano y huyendo con la segunda.
            Pero este crimen no podía quedar impune. Y quiso Alma, o el destino, o ambos, que no fuese así, pues una maldición cayó sobre aquellas cajas por la cual, se dice, la caja ostentosa sólo podría albergar cosas nocivas, cuya negra aura ahuyentará a todo y a todos, condenando a su dueño a la riqueza en apariencia junto a la miseria de la soledad; y la humilde sólo podría albergar cosas buenas, emitiendo un aura tan pura y limpia que incendiará envidias y rencores, condenando a su dueño a los peores peligros y amenazas de la enemistad.

            Y así comenzaron sus viajes por separado, de mano en mano, de dueño en dueño, interviniendo silenciosas en los destinos de erlinos incautos, esperando impasibles un posible reencuentro."



lunes, 9 de noviembre de 2015

La tejedora de historias: Las Garras de Eris


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Las Garras de Eris" toca ahora, 
escucha con atención.



            "Cuando el mundo era joven todavía, las tierras que lo formaban eran misteriosas todavía, las criaturas que lo habitaban eran extrañas todavía y muchas de las historias que acontecieron eran recuerdos sin importancia todavía y, por lo tanto, nunca serían contadas.
            Pero algunas sí sobrevivieron. Algunas se antojaron tan fantásticas e increíbles a ojos de aquellos que las vivieron que ellos mismos parecieron dudar de la fiabilidad de sus sentidos y decidieron asegurarse de que perduraban en los recuerdos de cada erlino para que todos ellos las juzgasen a su parecer.
            Ésta es una de ellas.

            Eran tiempos de salvajismo y eran tiempos de terror. Eran tiempos de ignorancia sobre el tiempo; y el espacio; y la vida. Eran tiempos de existencias vacías y codicias plenas. Era tiempo de hallar límites y romperlos, de ir un paso más allá... en la mayoría de las ocasiones por las razones equivocadas.
Cuando los erlinos creyeron dominar la tierra firme que habitaban, el primer límite fue alcanzado y ello les obligó a dirigir sus miradas al inmenso océano y sus profundidades.
Las aguas de Nabia eran por lo general cálidas, transparentes y llenas de animales pacíficos... excepto unas Marismas Gélidas situadas en el extremo meridional del mundo. Muchos se acercaron y muchos las bordearon, pero fueron aquellos que se sumergieron en ellas los que nunca más volverían a salir. Se decía que la misma muerte moraba en aquél infierno y no eran pocos los que perjuraban haber visto sus negros tentáculos escamados asomar sobre la superficie.
Y la leyenda creció como crecen los árboles, de una raíz oculta salió un tronco único y fuerte, ramificado en mil direcciones con un fruto distinto en cada extremo. Pero aunque verdades haya muchas, la auténtica realidad tan sólo puede ser una.

Se dice y se cuenta –como se acostumbra a hacer cuando lo extraño acontece- que hubo en una ocasión una buena muchacha, hija de una buena mujer, que se escapó de casa para explorar animada por la curiosidad de su juventud. Andando y andando llegó hasta el confín del mundo, donde perdida entre altas rocas, comenzó a llorar su desdicha, naciendo de sus ojos dos ríos de miedo y terror: Phobos y Deimos, los dos torrentes que barrerán por siempre las penas silenciosas de los Montes Lágrima.
Aún desorientada y no pudiendo soportar su dolor, tuvo la suerte o desgracia de encontrar el abismo que se cernía sobre la pesadilla de marineros y exploradores. Y saltó. Saltó a aquél infierno la pobre criatura, esperando en la muerte el perdón por su imprudencia. Las marismas la acogieron y ella se dejó ir... pero su hora no había llegado.
Unas garras poderosas pero gentiles rodearon su cuerpo, la acunaron y la arrastraron, y sintió bajo sus manos escamas frías como el hielo y más escurridizas que el agua misma. <<La muerte me acoge y me lleva>> pensó la pequeña antes de perder el conocimiento.
Cuando por fin despertó, alguien o algo arrastraba su cuerpo sobre la arena, mientras unas voces gritaban a lo lejos. Varias recolectoras de moluscos se acercaban corriendo en su dirección, seguramente temiendo encontrar un cadáver a medio devorar. Pero la niña estaba viva; viva y suficientemente consciente para ver por sí misma cómo aquella gran serpiente negra de ojos rojos desaparecía de nuevo en el agua con calma y determinación.
Y ella esperó en silencio, sosteniendo en su mano un anillo dorado, acariciándolo hasta que el sonido de su inscripción acudió a sus labios: Eris. Un bello siseo de agradecimiento para una delicada lengua silbante.

Nadie volvió a ver nunca a la serpiente.
Muchos dudaron de la historia, sí. Otros la creyeron una confusión. También muchos trataron de buscarla y fracasaron en el intento, perdiendo su tiempo, sus esfuerzos y en ocasiones hasta sus vidas, tal y como había sido siempre. Pero nadie más, ni hombre ni mujer, saldría nunca con vida de aquellas marismas.


Sólo aquella niña, la única que no quiso volver, regresó; la única que no quería un tesoro, lo encontró. Sólo aquella que se entregó a la perdición fue salvada de ella por el gran corazón de un gran monstruo; por las cálidas garras de la gélida Eris."



lunes, 22 de junio de 2015

Cobardía o coraje

La puerta de entrada se cerró de un sonoro portazo al recibir una patada completamente malintencionada. El bolso calló al suelo, la chaqueta en el sofá y las llaves en la mesita del café. Una mosca revoloteó alrededor de la cabeza de Lía, redefiniendo en su mente el significado de la palabra mosqueo. ¿Qué necesitaba para poder considerarlo cabreo? ¿comprarse una cabra o estar como una cabra?
La verdad es que muy cuerda no debía estar, no. No podía estarlo si aún guardaba algún atisbo de esperanza después de otro desplante como aquél. ¿Pero quién se creía él que era para tratarla así? No esperaba que le dedicase toda su vida y su tiempo, pero... había límites. En toda relación hay límites: de respeto, de educación, de paciencia,... y ninguno se merece ser traspasado sin pena ni gloria.
Pero aun así, Lía no lo tenía claro. Necesitaba tomar una decisión, una decisión que llevaba tiempo postergando pero que debía resolver por su propio bien. ¿Qué opción merecía realmente la pena?
Como de costumbre, acudió a su consultor anónimo, Tumblr. Aunque originalmente no hubiese creado su cuenta para dicho fin, parecía que desde la primera vez que se animó a describir uno de sus problemas allí no era capaz de tomar una decisión filosófica definitiva sin antes presentar el caso ante la sabiduría popular de las redes.

<<¿Qué es la cobardía verdaderamente? ¿Abandonar a medias cuando ya no puedes más o no abandonar por miedo a quedarte sola? ¿Qué coraje importa más? ¿El coraje de seguir luchando o el coraje de cerrar la puerta y no mirar atrás?
Al fin y al cabo, lo aprendido siempre se queda contigo...vayas donde vayas, decidas lo que decidas. No se puede borrar el pasado, sólo cambiar de rumbo, para bien o para mal.
Y ¿qué hay de los años “perdidos”? ¿Qué tan perdidos están entonces? La juventud “divino tesoro, ya te vas para no volver (cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer)” que diría Rubén Darío... Y yo lloro... queriendo y sin querer. Y no puedo decidir entre lo uno y lo otro y los meses pasan... y la derrota y el dolor aumentan en intensidad a la vez que el número de días pasados, pensando, decidiendo... Cuanto más tiempo pasa más quiero dar la vuelta, pero al echar la vista atrás más largo es el camino de regreso.
¿Qué opción supondría, entonces, ser cobarde? ¿Cuál valiente? ¿O acaso estoy destinada a sentirme ambas por siempre?
Pero ¡¿qué hago ahora?!

Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, Lía pulsó el botón de publicar.

No tenía nada claro, cuanto más lo pensaba más lejos se sentía de encontrar la respuesta...



martes, 13 de enero de 2015

La tejedora de historias: Corazón de hielo


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Corazón de hielo" toca ahora, 
escucha con atención.


            "Fue y es, como ha sido siempre, misión de aquellos que trabajan al amparo de Alma la de custodiar las misteriosas y míticas puertas sagradas con recelo y cuidado, vigilando sin descanso quién las cruza y las traspasa. Su cometido es vital y primordial para la seguridad de nuestro mundo, pero también para todos aquellos que desconocen la inmensidad del universo y la identidad de los extraños que les visitan con la oscuridad de la noche... y de sus propias almas.
            Siendo un trabajo tan importante, no es hoy ningún secreto que sus ubicaciones fueron antaño secretas, para evitar el desastre que algunas fugas ingenuas, aventureras o peligrosas pudiesen causar. Tampoco son hoy desconocidos para muchos los límites a los que algunos estaban dispuestos a llegar para evitar lo que parecía inevitable,... el traspaso del Umbral y el despertar de la Dama de hielo.

            Corrían tiempos de paz y felicidad en un continente en el que Pronto parecía brillar por primera vez. Los Malditos habían sido exiliados a Seteh, las seis hermanas habían concluido su visita, las instituciones de las seis Terrae comenzaban a caminar solas y los erlinos parecían confiar unos en otros de nuevo, al igual que en sí mismos. Tal era la felicidad y dicha que les embargaba, que a alguien algún día, se le ocurrió la feliz idea de decir: “las nubes que parecían oscurecer el cielo, bajaron al suelo para acompañarnos y que podamos ver la luz”; y así fue como nuestras seis instituciones serían conocidas como Nubes a partir de ese momento.
            Pero con las seis hermanas de vuelta a donde quiera que hubiesen ido, el conocimiento de las puertas sagradas y cómo traspasarlas permaneció con los erlinos... pero no tanto la protección que ellas ejercían sobre los Umbrales, la cual recayó en la joven Orden de los Ermitaños.
            Sucedió –como sucede siempre- que los Malditos querían recuperar su poder salvaje de antaño y dejar que el miedo y el poder de la fuerza bruta cabalgasen rampantes y desbocados por el continente de la estrella. Sucedió también que, para desgracia de los ermitaños, una de las puertas se encontraba escondida en algún lugar de Seteh y, más si cabe que a ninguna otra, debían protegerla.
            Pero no lograron mantenerla oculta por mucho tiempo.
            En lo más profundo y frío de la más profunda y fría cueva, dos ermitaños perdieron la vida una noche justo antes del fin de su turno. Los dos que deberían sustituirles más dos agentes de refuerzo, siguieron su suerte a la noche siguiente. La puerta había sido descubierta, su Umbral claramente traspasado y su difícil protección en terreno tan angosto ponía en peligro todo aquello por lo que luchaban.

            Los gobernadores se reunieron y opinaron, ofreciendo la solución de soldarla, pues la propia estructura de la puerta estaba construida en el metal sagrado de las hermanas y podría ser sellada de esta forma. Pero a muchos no les pareció suficiente o duradero; el sello podría ser fácilmente derretido por los criminales.
            Entonces la primera Suma y Única Sacerdotisa de Alma, la angelical Ninlil, la entonces llamada Dama de blanco, por cuya sabiduría y calidez era amada y respetada en toda Erlia, tomó bajo su responsabilidad el conseguir una solución y pidió a su joven discípula y futura sucesora que la acompañase de vuelta a su santuario sagrado para meditar y rezar a Alma. Éste se encontraba en el cabo más septentrional, tras cruzar las más escarpadas montañas del continente, en un lugar hoy desierto, donde no queda nada; donde se dice que el viento sopla tan fuerte que ayuda al espíritu a volar;.
            Alma acudió en su ayuda y le otorgó una solución. En la estepa invernal que es Seteh, ninguna llama mortal ardería lo suficiente para soldar la puerta, pero tampoco para derretirla. La Sacerdotisa sería bendecida con un poder espiritual, una fuerza interior con la que Alma canalizaría su propio poder a través de su querido ángel y congelaría la puerta. Pero Ninlil debía tener cuidado: Hasta que el proceso terminase, no debía perder nunca el contacto físico con la puerta.
            Llegó el día señalado y un gran destacamento de tropas se adentró en Seteh para asegurarse de proteger a la Sacerdotisa, pero estos eran los primeros tiempos, la era en la que los Malditos eran todavía muy fuertes, estaban llenos de ansias de sangre y no había nada que les importase perder más que aquella puerta: su única vía de escape del infierno congelado.
En medio de una batalla encarnizada, tan sólo unos minutos antes de que Ninlil finalizase, dos asesinos se abrieron paso hasta la sacerdotisa y consiguieron apartarla de la puerta. Pero ya era demasiado tarde.
            Era demasiado tarde para los malditos, pues la puerta, aun no estando sellada del todo, ya era infranqueable. Era demasiado tarde para los dos asesinos, pues el hielo que fluía a través de la mujer los congeló al instante. Era demasiado tarde para la sacerdotisa, pues este hielo que aún albergaba su cuerpo no encontró una nueva vía de escape y se alojó en su corazón, congelándolo para siempre y, con él, su sonrisa y su dulzura. La Dama de hielo había despertado.
            Los médicos lo intentaron todo, los ermitaños lo estudiaron todo, pero el espíritu de Ninlil estaba tan maldito como la tierra que lo destrozó. Tras años impasibles sin solución, despojada y alejada de su vida y de su cargo, prendió fuego a su santuario en un intento demente de dejar tras ella algo cálido en el mundo y se acercó al abismo del acantilado que hoy lleva su nombre, dejando que aquel fuerte viento se llevase tanto su espíritu como su cuerpo.
            Es por esa razón y por su memoria que, a partir de ese momento, todas las generaciones de sacerdotisas no poseen ningún lugar concreto de residencia y que las altas montañas del norte se conocen como los Montes Suicidas, pues sólo aquellos que desean entregar su vida a los vientos y a las aguas de Nabia se aventuran a traspasarlos.



            En cuanto a la puerta sagrada, permanece cerrada, pues ningún fuego mortal puede arder lo suficiente en la estepa congelada para derretirla. Pero, como el trabajo no fue terminado, cuentan las leyendas que quizá haya un fuego que si pueda: un fuego inmortal; la clase de llama que no arde en la tierra sino en el alma, persistente e insistente, alimentada por todas aquellas pasiones que alborotan las aguas, agitan los vientos y desatan tormentas."




lunes, 15 de diciembre de 2014

Sobrevolando el infierno - Capítulo XV: Lo siento muchísimo

     Bennu abrió los ojos y vio la luz. Vio el suelo y las paredes blancas. Vio las nubes de humo. Vio la silla en la que estaba sentada.
     Abrió los ojos y vio cosas que no había visto nunca. Se vio a sí misma a la vez que veía a través de sus propios ojos. Vio un lugar tranquilo que no inspiraba tranquilidad. Vio su presente y su pasado. Vio trazos de sus posibles futuros ya descartados. Lo vio todo y cerró los ojos para no ver nada.
     “¿Qué hago aquí?” Se preguntó angustiada y con ganas de llorar.
     - Una buena pregunta para comenzar, mamá. -Dijo una voz detrás de ella.
     Bennu abrió los ojos de golpe y se dio la vuelta al reconocer la voz. Un chico alto, de pelo moreno, piel pálida y ojos castaños muy claros con mirada curiosa la miraba al otro lado de una sala a la vez pequeña e infinita.
     - ¡Mateo! -gritó Bennu con alegría y casi desesperación.
     Se levantó rápidamente, echó a correr y se abalanzó sobre él con intención de abrazarlo. Cerró los ojos instintivamente por la emoción y, cuando ya creía haber rodeado a su hijo por completo, volvió a abrirlos al no notar nada entre sus brazos. Mateo había desaparecido.
     - Lo siento mamá... pero ya no se nos permite tocarnos. -Volvió a decir su hijo tras ella.
     Bennu se volvió a dar la vuelta y lo vio en el lugar que había ocupado su silla. Ahora había dos, una frente a otra, y Mateo se disponía a sentarse en una. Bennu, apenada, tomó asiento en la otra.
     - ¿Qué sentido tiene que esté en este lugar tan extraño si ni siquiera puedo abrazarte? -Susurró casi sin voz- ¿Acaso yo también he muerto?
     - No... simplemente quería pedirte perdón. -Dijo Mateo agachando la cabeza.- Lo siento... lo siento muchísimo.
     - No. -Dijo Bennu con los ojos brillantes- Soy yo quien lo siente... debí pasar más tiempo contigo... prácticamente te dejé solo...
     - Si, eso es cierto. Pero yo me comporté como un imbécil. Nunca tendría que haberme marchado de nuevo.
     - ¿De nuevo? -Preguntó Bennu intrigada.
     - Si. Cuando me marché el viernes dormí fuera de casa, pero volví al día siguiente. Al entrar sigilosamente en casa dispuesto a hacer las paces te oí hablando por teléfono con la policía en la cocina y me enfadé... y me marché de nuevo.
     - ¿Te enfadaste? ¿Por qué? -Dijo Bennu al borde de las lágrimas.
     - Me sentía un poco como si me tratases igual que un niño. Al fin y al cabo, en el fondo, nuestras discusiones iban siempre de eso.
     - Eso no es cierto, cariño. A mí lo único que me preocupaba era que anduvieses con toda esa gente que me parecía peligrosa.
     - Si, a eso me refiero mamá. Tú nunca me explicaste las razones de por qué te parecieran peligrosos, ni por qué no te gustaba que volviese solo de noche, ni por qué no querías que fuese a ciertos sitios ni que hiciese ciertas cosas. Nunca me diste razones, sólo me decías que lo hiciera. Me lo ordenabas. A mis ojos simplemente me tratabas como un niño y me cortabas las alas.
     - Si, en eso supongo que tienes razón. Nunca pensé en que pudieras tomártelo así. Lo siento, hijo. Es difícil actuar como una madre cuando nadie te ha enseñado a serlo. Lo siento y lo sentiré toda mi vida. Nunca podré perdonarme el haberte perdido... -dijo Bennu mientras su voz se apagaba progresivamente y las lágrimas inundaban sus mejillas.
     - Mamá... -Dijo Mateo alargando la mano instintivamente en su dirección.
     Cuando se dio cuenta y recordó que no podía intentar tocarla, retiró la mano y agachó la cabeza de nuevo cerrando los ojos. Si ya le dolía haberle hecho tanto daño a su madre al abandonarla, más le dolía aún que le pidiese perdón en esas condiciones cuando la culpa era sólo suya. Había sido un imbécil. Se había pasado sus últimos años de vida preocupándose por que le tratasen como el adulto que quería ser y, al hacerlo, había reaccionado de forma infantil e inmadura absolutamente en todo. Menuda paradoja. Había actuado como un niño pequeño que pone cara de seria determinación mientras les pide a sus padres algo que considera importante y después se pone a llorar, patalear y romper cosas cuando no consigue lo que quería.
     Había soñado el mundo, había sido rechazado por su entorno, había tratado de vivirlo todo a su manera cuando le negaron vivir como los demás. Había tratado de tocar el cielo... su cielo. Pero se dio cuenta demasiado tarde de que, a veces, cuando tratamos de tocar el cielo, nos olvidamos de mantener igualmente los pies en la tierra.
     Por tratar de buscar su camino rechazando la ayuda de los que más le querían, se perdió solo en la oscuridad. Le hacía daño a su madre, se hacía daño a si mismo... pero no quería darse cuenta. Se sentía solo y abandonado. Un simple huérfano desprotegido. Un joven inteligente y demasiado bueno... destinado al rechazo. Sintió la necesidad de buscar su sitio en el mundo y creyó encontrarlo. Pero nunca nada es lo que parece.
     - Mamá... -volvió a susurrar, pero esta vez sin ademán de tocarla.
     Bennu alzó la cabeza y le miró con preocupación. En sus ojos aún brillaban la desesperación, el dolor y la pena.
     - Mamá. -Repitió Mateo tragando saliva- Estoy seguro de que no te parecerá bien y que tardarás en comprenderlo, pero necesito que me prometas algo...
     - Claro. Por supuesto que sí. Dime qué quieres. -Dijo ella a toda prisa sin pensar.
     - Necesito que me prometas que nunca más volverás a sentirte culpable, que no te atormentarás más y que mirarás siempre hacia el futuro con ilusión y con la determinación que siempre admiré de ti. Yo soy y siempre seré el único culpable. Fui yo quién se equivocó y he sido yo quien ha pagado las consecuencias. Por favor, no cargues tú con todo...
     Bennu se quedó pensativa, se secó las lágrimas de los ojos y la cara y dijo:
     - Puedo prometerte que seguiré adelante, puedo prometerte que no me atormentaré ni me vendré abajo, incluso puedo prometerte que no sentiré que soy la única culpable. Pero no voy a poder dejar de sentirlo...
     - Pero...
     - No. Déjame terminar. -Le cortó Bennu- No me culparé, pero tampoco podré dejar de sentir haberte sobreprotegido por miedo y, a la vez, haber dejado que te sintieses tan sólo. Además, no es justo que cargues tú con toda la culpa. Ambos hemos sido partícipes y culpables de esta desgracia. No me vendré abajo, pero no me pidas que lo olvide...
     - Mamá... -dijo Mateo con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios- ¿por qué siempre que te pones seria acabas hablando como un político melodramático?
     - ¿Cómo un...qué? -preguntó Bennu desconcertada de repente.
     - Es igual. El caso es que la promesa me vale...y me alegro de haberte visto. Espero que no te duela mucho la cabeza hoy, entre la borrachera que llevabas y el golpe que te has metido... -añadió él tratando de no reírse mientras se levantaba de la silla.
     - Espera, ¿dónde vas? –inquirió ella al darse cuenta de que se marchaba.
     - A un sitio al que espero que tardes mucho en ir. –contestó el chico volviendo la cabeza hacia ella- Buenas noches, mamá. O buenos días...
     Y tras esta última despedida, su niño -quien tras su muerte acababa de  demostrar no ser tan niño- desapareció entre la densa niebla de la misma forma tan extraña en que había aparecido. Bennu, por su parte, se quedó mirando con melancolía a un punto fijo de la pared hasta que empezó a entrarle sueño y comenzó a cerrar los ojos... Pero no quería dormirse.
     Sacudió la cabeza y abrió los párpados, pero la habitación estaba oscura. Ya no estaba sentada en una silla, sino tumbada en una cama...una cama que no era suya, en una habitación que no era la suya, con un pijama que no era el suyo y rodeada de cosas que no eran suyas.
     De repente se abrió una puerta.

     - Oh vaya... ¿ya has despertado, dormilona? -dijo Li con dos tazas de café enormes en las manos- ya era hora, has dormido desde ayer casi... ¡unas veinte horas!


miércoles, 24 de septiembre de 2014

La tejedora de historias: El vuelo de los Ledas.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "El vuelo de los Ledas" toca ahora, 
escucha con atención.


            "Sucedió una vez en Seteh un gran levantamiento de rebelión que no era el primero ni sería el último, pero que vio nacer una leyenda inmortal que de seguro pervivirá hasta el final de nuestro tiempo; esto es, si nadie la verifica o desmiente con éxito en algún momento de nuestra historia.
            Se dice que una gran agente, de nombre o apellido Leda, pereció en aquella revuelta dejando a cuatro criaturas solas en este mundo. Se dice también que la Capitana de la época estaba enamorada de ella en secreto y, en su dolor por la pérdida, adoptó a los mellizos sin tardar: dos niñas, Kassia y Hesper; y dos niños, Karsten y Panos. Los cuatro de la misma edad, los cuatro con el mismo pasado, los cuatro con el mismo destino.
            Los días pasaron y las noches también, y los que fueran bebés un día crecieron a la vez. Juntos, inseparables, fuertes y audaces. Persistentes en su empeño y, siguiendo un sueño, llegarían a ser grandes agentes como su madre antes que ellos.
            Se dice que los cuatro se separaron y emparejaron en el trabajo: ingresando Kassia y Hesper en el Departamento de Misiones Especiales, mientras que Karsten y Panos lo hicieran quizá en el Departamento de Investigación Científico-analítica. Se dice que fingieron que sus caminos se separaban ligeramente, que los cuatro se dedicaban a sus especialidades con empeño y que nada fuera de lo común o rutinario parecía poder llegar a pasar.
Pero llevaban dentro un río de sangre que ardía con mil rayos de Pronto y su entrenamiento había sido excelente y unitario desde la cuna. Habían nacido y crecido con la fuerza y el poder de un todo: cuatro mentes percibiendo cuatro mundos, pero pensando al unísono como una sola. Una voluntad férrea e indivisible que les llevaría a volar hasta lo más alto... entre las sombras.
Y la Capitana lo sabía.
La rebelión de Seteh había estado dormida, recuperando fuerzas, durante casi veinte años. Aquel golpe que había acabado con Leda, había sido sofocado de inmediato pero nunca aplacado, pues nunca es posible domesticar del todo a una bestia encarcelada y sedienta de odio cuando conoció una vez la libertad. La situación era tensa y delicada, pues si no hacían nada seguirían reuniendo fuerzas y si hacían algo la guerra volvería a estallar. El conflicto directo parecía inevitable.
Pero no lo fue.
Valiéndose de las amplias capacidades de los cuatro jóvenes, la Capitana tomó una decisión arriesgada, secreta y unilateral de la que –estoy segura- deseaba no tener que arrepentirse nunca. Una pequeña delegación secreta, tan sólo compuesta por ellos cuatro, fue enviada al Continente Maldito desde el norte, dando casi toda la vuelta al globo para afrontar Seteh desde el sur. Separándose en parejas, bordearon las Garras de Eris con cuidado de no quedar atrapados y desembarcaron en la desembocadura de los ríos Phobos y Deimos en mitad de la noche.
Se dice que fueron ellos en ese momento los primeros en llevar a cabo la maniobra acuática que los agentes aún conocen como “Cygnus”, el viaje por el agua. Karsten y Kassia se introdujeron en las aguas de Phobos y Panos y Hesper lo hicieron en Deimos, o quizá fuese al revés. Equipados con respiradores, ascendieron río arriba buceando, hasta alcanzar la mismísima entrada a los Montes Lágrima dos días después.
Se dice que atacaron en silencio, como serpientes deslizándose en la noche, indujeron un profundo sueño en los guardas con sedantes y, como las alas de la muerte, descendieron sobre todos los líderes y segundos al mando de la rebelión. Cuando los centinelas despertaron a la mañana siguiente, el único vestigio de su presencia fueron una treintena de cabezas cortadas y expuestas en lo alto de la colina más cercana, formando entre ellas una sola palabra: Avisados.
Sobra decir que los malditos tardaron más de cien años en intentar una nueva insurrección, tal fue su miedo a semejante muerte silenciosa y certera. La última batalla de la guerra habría sido ganada antes de haber comenzado, gracias a cuatro agentes sin rostro hoy perdidos en el tiempo.
Algunos dudan si esto pasó de verdad o si los Ledas siquiera existieron. Otros afirman que es cierto y que ese fue su primer trabajo, pero no el único. Otros van más allá y perjuran saber que la tradición continuó, que el espíritu de los Ledas permaneció vivo en nuevas generaciones de agentes: dos varones y dos hembras, de la misma edad y grandes capacidades, entrenados en su máximo potencial y con una relación muy estrecha entre ellos; tan sólo siendo conscientes de su existencia los propios agentes y los Capitanes bajo cuyas únicas órdenes sirven en el más absoluto secreto...
            Es verdad que muchos nombres se han ocultado y otros se han olvidado o se olvidarán, es verdad que la historia podría no ser del todo cierta,... pero la esencia de leyenda aún perdura susurrante entre las paredes de Nubes Retis, generación tras generación, con la dulce promesa de poder llegar a ser parte de algo más grande que uno mismo; como un excitante secreto a voces con el que todos sueñan aunque, cuando llegua la hora de alzar la voz, nadie admita creerlo cierto."

lunes, 30 de junio de 2014

La tejedora de historias: La princesa y el erlino.


Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "La princesa y el erlino" toca ahora, 
escucha con atención.

            Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, en el sur de las seis Terrae, en algún lugar de la que hoy es la próspera Terra Ager, tierra de cereales en las grandes llanuras, de vides en las colinas, de frutales en húmedas praderas y miles de artesanos en cada esquina de Nubes Agri, el mayor mercado del mundo.
            En uno de aquellos campos tenía la fortuna de trabajar un joven erlino muy apuesto, laborioso, inteligente y soñador al que la suerte parecía no haberle sonreído en la vida, pues ocupaba una posición social algo baja, empeorada por el hecho de ser joven varón, soltero y huérfano de madre. Aun así, su espíritu inquieto y su curiosidad por el porvenir le mantenían alegre, risueño y hambriento de aventuras, amor y emoción, a pesar de vivir en una época en la que el mundo parecía no guardar un sitio para él.
            Muchas eran las jóvenes –y no tan jóvenes- erlinas que trataron de conquistarle, pues a pesar de su condición el muchacho era muy agradable tanto a la vista como en el trato. Sin embargo, él soñaba con algo más que los halagos amables y cortejos corteses cuyas atenciones parecían soplar en su dirección; él soñaba con miradas robadas de fuego, con correr entre los campos de maíz, con aprender a volar con los pies en el suelo, con besos de papel y tinta, con atrapar las estrellas con una red en el río, con cantar las canciones de los bosques y que la idea de una despedida arrancase el aliento de su pulmón...

            Ocurrió que, por aquél tiempo, los erlinos volvimos a centrar nuestras miradas en otros mundos, observando nuevamente todo aquello que llevábamos milenios observando, renovando las promesas de paz con aquellos pueblos con los que estábamos en paz y manteniéndonos aún más alejados y ocultos de aquellos que nos deseaban algún mal.
            Uno de estos mundos, con el cual mantuvimos una buena relación durante siglos, es al que nosotros llamamos Gea, en la órbita de Helios, habitado por humanos que aún hoy llaman al planeta Tierra y a la estrella Sol. Este planeta supuso una diferencia frente a los demás: Su gente aún estaba demasiado atrasada con respecto a nosotros, hasta el punto de no formar una sociedad unificada o generalizada ni haber llegado todos ellos a conocer ni la mitad de las tierras que les rodeaban.
            Además, una de sus más grandes civilizaciones del momento, la asentada en La Tierra entre Ríos, acababa de sufrir una gran inundación catastrófica en su territorio –a la que denominarían El Gran Diluvio- y que arrasó todo aquello que habían construido y lo ahogó en sus aguas.
            Una vez amainadas las lluvias, los supervivientes se asentaron de nuevo en el centro del valle y erigieron una nueva ciudad a la que llamaron Kish, desde la cual su gobernante, el rey, administraría sus dominios. Fue entonces que los emisarios erlinos le hicieron llegar al rey nuestro mensaje de paz junto con nuestra admiración hacia su raza, por su capacidad de pervivencia y superación frente a la adversidad.
            Por esta razón, nuestros gobernantes propusieron a aquellos humanos la posibilidad de que una princesa humana visitase nuestro mundo, para afianzar las relaciones diplomáticas entre ambas razas. Los humanos insistían en que debía ser un príncipe, pues su sociedad era patriarcal, pero las jerarquías matriarcales de Erlia estaban aún muy afianzadas. Finalmente, el rey permitió a su única hija marchar, con la esperanza de que algún gobernante erlino la tomase por esposa y así unir sus pueblos.
            Pero quiso el azar que, a su paso por Terra Ager, la princesa conociese a nuestro apuesto joven erlino por casualidad y ambos se enamorasen irremediablemente, como si aquél destino hubiese estado escrito en las estrellas. Muchos intentaron separarlos. Muchos intentaron disuadirlos. Muchos intentaron herirlos y difamarlos. Pero a pesar de todo, el rey de Kish no creía deber anteponerse o enfrentarse a un erlino y los erlinos, por su ley, no podían anteponerse o enfrentarse abiertamente a la elección libre y consciente de una mujer.
            A pesar de todas las dificultades, las dudas y los miedos, la princesa y el erlino decidieron unirse en casamiento y se dice que él, tomando las manos de ella, las posó sobre su corazón y, mirándola a los ojos, le dijo: “Aunque nuestros actos nos cuesten la vida, siempre fuimos y seremos uno”. En ese momento sellando su amor con un beso, un rayo de Pronto les iluminó y sus esencias se entremezclaron: Sus ojos se volvieron de una tonalidad intermedia entre la de ambos, la piel de él adquirió la capacidad de aclararse y oscurecerse según la exposición a la luz y ella desarrolló la capacidad cerebral superior de un erlino.
            Todos ellos, erlinos y humanos, interpretaron esto como un designio divino: los erlinos como una señal de Alma y los humanos como una bendición nuestra, pues nos consideraban cercanos a sus dioses. La princesa y el erlino vivieron felices el resto de sus días en Gea y, según cuentan, uno de sus hijos acabaría gobernando.