viernes, 22 de julio de 2016

La tejedora de historias: Los hijos del carpintero


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Las Garras de Eris" toca ahora, 
escucha con atención.



            Gran maldición fue aquella que sufrieron los hijos del carpintero y que enseñaría una valiosa lección a las generaciones futuras: la de la estrecha relación entre envidias y soledades cuando nos dejamos arrastrar por alguna de ellas.
         Era el padre de estos gemelos muy hacendoso, talentoso y bienintencionado. Sus trabajos eran muchos y su salud escasa, lo que le empujó a tomar la mala decisión de emplear su valioso tiempo excediéndose en el trabajo para que, de faltar él algún día, sus hijos pudiesen valerse de su ejemplo y sus ahorros en lugar de poseer un puñado de recuerdos melancólicos y tristes compartidos con él. El resultado fue que aquellos muchachos crecieron solos y se hicieron a sí mismos en todos los sentidos, buenos y malos, que dicha expresión puede albergar: Sacaron sus propias conclusiones de la vida, tomaron sus propias filosofías y valores...
            Llegó el fatídico día en que su padre, ya postrado en cama, parecía no ser capaz de aferrarse a la vida por más tiempo, por lo que les mandó llamar. Acudieron ellos esperando despedirse y seguir con sus propias vidas independientes, con sus carreras, con sus ambiciones, sin mirar atrás. Pero una sorpresa les aguardaba en la mesita de noche: Dos cajitas de madera, de parecido tamaño y dispar apariencia. La primera era la más grande y llamativa, delicada y ostentosa, con piedras preciosas engarzadas y filigranas entrecruzadas por doquier; la segunda era algo más pequeña y sencilla, pero igualmente bella, con madera fuerte y robusta, relieves tallados y un barnizado exquisito.
            Su padre, rompiendo junto con el silencio la fascinación de sus hijos, les habló así:
            - Hijos míos, mi hora ha llegado al fin. He de partir de este mundo y no es poco ya lo que os dejo en posesiones, pero me gustaría añadir un último obsequio a vuestra herencia. Mucho he rogado a Alma para que haga de vosotros hombres de provecho y que nada os falte: ella me ha escuchado, hacedlo ahora vosotros.
            >>Sabéis que a través de mi estirpe descendéis de un hombre que en su día fue ermitaño, parte de una orden dedicada al conocimiento y la sabiduría terrenal, y es esa sabiduría terrenal heredada la que asumo en vosotros y a la que apelo ahora. En mi mesita habéis observado ya dos cajas de madera con relieves artesanales que ahora pasarán a vuestro cuidado. Ambas son a la vez muy diferentes pero complementarias y por esta razón, al igual que vosotros, siempre deberían permanecer unidas, bajo un mismo techo, bajo una misma posesión. Sé que no puedo impedir que os repartáis todo mi patrimonio y lo espero, pero atended bien: si habéis de partir caminos y repartiros las cajas, aseguraos de elegir bien con cuál de ellas os quedaréis y bajo ningún concepto cometáis el error de romper sus sellos y abrir lo que ha permanecido oculto durante tantos siglos.
            Con estas palabras los despidió y al marchar la luz de aquél día su espíritu se fue con ella, dejando a sus hijos solos en la oscuridad del mundo.
            Y antes incluso de que llegara el alba, el primero de los hermanos, el más avaricioso y deshonorable, ya pretendía desoír los deseos de su padre, permitiendo que su codicia determinase qué caja quería poseer y qué haría con ella. Con su progenitor aún de cuerpo presente y algo de calor aún habitando su cuerpo, entró sin pudor en la habitación y cogió ansioso la caja ostentosa, presumiendo que si tenía tantas riquezas en el exterior, el interior debía ser aún más asombroso.
            Rompió el sello y la abrió sin dudar, y en ese mismo instante la maldad y la mala fortuna salieron juntas de la mano buscando un nuevo recipiente y se alojaron en su corazón, envenenándolo con su negrura.
            El muchacho maldijo. Maldijo a la caja y su contenido. Maldijo a su padre y todos sus antepasados. Maldijo a todo y a todos, menos a sí mismo y a sus actos, mientras su corazón se retorcía en su pecho como si una garra lo estrujase.
            Y entonces quiso reparar su mal desobedeciendo nuevamente, tornando su atención hacia la caja humilde, arrancando su sello con manos temblorosas por la rabia y el dolor, abriendo una propiedad que ya no le pertenecía, liberando a la bondad y la buena fortuna esperando que equilibrasen el mal en su interior. Pero ellas le rechazaron, pues las cajas eran complementarias, pero sus contenidos no eran coexistentes, no podían habitar juntos en el mismo individuo, aquél regalo que él había obviado y rechazado ahora pertenecía a su hermano. Y su envidia, alimentada por la maldad, no lo pudo soportar.
            Daga en mano, se dirigió a la habitación de su hermano y se apoderó literalmente de su corazón, asegurándose de que nunca volviese a despertar; privando a la bondad y a la buena fortuna de su nuevo hogar y obligándolas a vagar sin rumbo, entregadas al azar. Y ocultó el corazón sin vida en la caja humilde y la daga ensangrentada en la caja ostentosa, enterrando la primera junto a su hermano y huyendo con la segunda.
            Pero este crimen no podía quedar impune. Y quiso Alma, o el destino, o ambos, que no fuese así, pues una maldición cayó sobre aquellas cajas por la cual, se dice, la caja ostentosa sólo podría albergar cosas nocivas, cuya negra aura ahuyentará a todo y a todos, condenando a su dueño a la riqueza en apariencia junto a la miseria de la soledad; y la humilde sólo podría albergar cosas buenas, emitiendo un aura tan pura y limpia que incendiará envidias y rencores, condenando a su dueño a los peores peligros y amenazas de la enemistad.

            Y así comenzaron sus viajes por separado, de mano en mano, de dueño en dueño, interviniendo silenciosas en los destinos de erlinos incautos, esperando impasibles un posible reencuentro."



viernes, 1 de julio de 2016

Ermitaña dramática


Andando por el bosque me perdí
y no encontré en los árboles respuesta
alguna que me llevase de vuelta
hasta el punto de encuentro o hasta ti.

¿Qué será a partir de ahora de mí?
Sin medios, sin recursos, sin maletas,
sin mapas, sin cobertura, sin fuerzas,
sin plan de escape con el que salir.

Tendré que convertirme en ermitaña,
buscar alguna cueva e instalarme
junto al río, a los pies de la montaña.

Me va a costar la vida acostumbrarme,
pero ello no es la cosa más extraña
pues es lo que me espera en estos lares.




viernes, 4 de diciembre de 2015

Soneto a una sonrisa


Érase un hombre de risa constante,
érase una boca toda de dientes,
era una sonrisa sobresaliente,
felicidad cálida y deslumbrante.

Era una cueva y mina de diamantes,
era teclado de piano excelente,
era camino cubierto de nieve,
era promesa de vida agradable.

Era de mármol aquella escalera,
era del astro sol mil y un rayos
reflejándose en la mar serena.

Era mueca de rubor y descaro,
de tanta gratitud y cosas buenas
que alumbraba en la noche más que un faro.



lunes, 9 de noviembre de 2015

La tejedora de historias: Las Garras de Eris


 Vivía una tejedora 
dedicada a su pasión: 
tejía días y horas 
sin descanso o dilación. 
Cada retal era una historia, 
cada hilo una canción 
que unía sin demora 
las tramas de la acción. 
Todas aquellas historias 
salían de su corazón; 
y le preguntaba, observadora, 
su hija con emoción: 
- ¿Qué cuento, qué memoria 
tejes madre en esta ocasión? 
- "Las Garras de Eris" toca ahora, 
escucha con atención.



            "Cuando el mundo era joven todavía, las tierras que lo formaban eran misteriosas todavía, las criaturas que lo habitaban eran extrañas todavía y muchas de las historias que acontecieron eran recuerdos sin importancia todavía y, por lo tanto, nunca serían contadas.
            Pero algunas sí sobrevivieron. Algunas se antojaron tan fantásticas e increíbles a ojos de aquellos que las vivieron que ellos mismos parecieron dudar de la fiabilidad de sus sentidos y decidieron asegurarse de que perduraban en los recuerdos de cada erlino para que todos ellos las juzgasen a su parecer.
            Ésta es una de ellas.

            Eran tiempos de salvajismo y eran tiempos de terror. Eran tiempos de ignorancia sobre el tiempo; y el espacio; y la vida. Eran tiempos de existencias vacías y codicias plenas. Era tiempo de hallar límites y romperlos, de ir un paso más allá... en la mayoría de las ocasiones por las razones equivocadas.
Cuando los erlinos creyeron dominar la tierra firme que habitaban, el primer límite fue alcanzado y ello les obligó a dirigir sus miradas al inmenso océano y sus profundidades.
Las aguas de Nabia eran por lo general cálidas, transparentes y llenas de animales pacíficos... excepto unas Marismas Gélidas situadas en el extremo meridional del mundo. Muchos se acercaron y muchos las bordearon, pero fueron aquellos que se sumergieron en ellas los que nunca más volverían a salir. Se decía que la misma muerte moraba en aquél infierno y no eran pocos los que perjuraban haber visto sus negros tentáculos escamados asomar sobre la superficie.
Y la leyenda creció como crecen los árboles, de una raíz oculta salió un tronco único y fuerte, ramificado en mil direcciones con un fruto distinto en cada extremo. Pero aunque verdades haya muchas, la auténtica realidad tan sólo puede ser una.

Se dice y se cuenta –como se acostumbra a hacer cuando lo extraño acontece- que hubo en una ocasión una buena muchacha, hija de una buena mujer, que se escapó de casa para explorar animada por la curiosidad de su juventud. Andando y andando llegó hasta el confín del mundo, donde perdida entre altas rocas, comenzó a llorar su desdicha, naciendo de sus ojos dos ríos de miedo y terror: Phobos y Deimos, los dos torrentes que barrerán por siempre las penas silenciosas de los Montes Lágrima.
Aún desorientada y no pudiendo soportar su dolor, tuvo la suerte o desgracia de encontrar el abismo que se cernía sobre la pesadilla de marineros y exploradores. Y saltó. Saltó a aquél infierno la pobre criatura, esperando en la muerte el perdón por su imprudencia. Las marismas la acogieron y ella se dejó ir... pero su hora no había llegado.
Unas garras poderosas pero gentiles rodearon su cuerpo, la acunaron y la arrastraron, y sintió bajo sus manos escamas frías como el hielo y más escurridizas que el agua misma. <<La muerte me acoge y me lleva>> pensó la pequeña antes de perder el conocimiento.
Cuando por fin despertó, alguien o algo arrastraba su cuerpo sobre la arena, mientras unas voces gritaban a lo lejos. Varias recolectoras de moluscos se acercaban corriendo en su dirección, seguramente temiendo encontrar un cadáver a medio devorar. Pero la niña estaba viva; viva y suficientemente consciente para ver por sí misma cómo aquella gran serpiente negra de ojos rojos desaparecía de nuevo en el agua con calma y determinación.
Y ella esperó en silencio, sosteniendo en su mano un anillo dorado, acariciándolo hasta que el sonido de su inscripción acudió a sus labios: Eris. Un bello siseo de agradecimiento para una delicada lengua silbante.

Nadie volvió a ver nunca a la serpiente.
Muchos dudaron de la historia, sí. Otros la creyeron una confusión. También muchos trataron de buscarla y fracasaron en el intento, perdiendo su tiempo, sus esfuerzos y en ocasiones hasta sus vidas, tal y como había sido siempre. Pero nadie más, ni hombre ni mujer, saldría nunca con vida de aquellas marismas.

Sólo aquella niña, la única que no quiso volver, regresó; la única que no quería un tesoro, lo encontró. Sólo aquella que se entregó a la perdición fue salvada de ella por el gran corazón de un gran monstruo; por las cálidas garras de la gélida Eris."



martes, 20 de octubre de 2015

Musa

Dos meses sin suspiros,
dos meses sin tus ojos,
dos meses sin sonrojos
que arranquen mi delirio.

En mi dedo: un anillo,
en mi mente: un cerrojo,
en mis labios: los despojos
que no merecen ser descritos.

Qué decir, lo admito,
no sé, en mi enojo
por mi falta de arrojo,
de palabras, de equilibrio.

¿Y si ahora te olvido?
¿Y si ahora me arrojo
a otros brazos y me encojo
como un bebé en un ovillo?

Quizá sería un descuido,
quizá mi oído cojo,
quizá sólo un manojo
de versos sin sentido.


martes, 4 de agosto de 2015

Poemas medievales

Con el cántaro, cantando,
corro feliz a la fuente,
canto coplas y coplillas,
canto suave, canto fuerte
y, al llegar cantando al río,
yo cruzo bailando el puente.
Cuentan que viven contentos
contando monedas, dientes
de oro, bienes y tierras.
Yo sólo cuento mis suertes
y canto feliz mis cuentos
y soy dichoso en mi mente.
Tiene el mal juglar
pelotas sin malabares,
mil amigos por los bares
y ni un solo real.
Si entrarais a esta casa
y quisierais de comer,
lo que entre en vuestra boca
con vos lo habéis de traer
y, con estos que aquí viven,
amables, compartiréis.
Pues aquí no tengo vino
pero sí quiero beber,
tampoco tengo comida
con la cual entretener.
Yo pongo techo y sonrisa,
el resto lo pone usted.
No tengo novio ni novia,
tampoco perro ni gato,
pues, señor, no se me antoja
la compañía de esos cuatro.
Si tomaseis, mi señora,
mis manos en vuestras manos
y miraseis a mis ojos
con esos vuestros, dorados
serían los mil suspiros
que verterían mis labios.
Y al nacer en horizontes
que se antojan muy lejanos
el sol, la luna y estrellas,
no cesaría al miraros
bajo todas esas luces,
sombras, destellos y claros,
pues ya hállome yo, dichoso,
cerca para contemplaros.
Cantad, ruiseñor,
cantad a la mañana
que amanece temprana
al despertar el Sol.
No me vengas moreno
cantando coplas
bajo mi ventanuco
entre las sombras.

Pues me conozco el cuento
y todo el truco,
no me engatusarán
palabras de humo.

Tú gánate el jornal
y ya hablaremos,
que el amor no interesa
en estos tiempos

sin monedas y tierras
en el bolsillo,
sin un pan bajo el brazo,
techo y cobijo.

Es ruin hablar así,
lo sé, lo asumo;
pero aún es más ruin
la ruina de uno

cuando rujen las tripas
y azuza el frío,
tus palabras de humo
son mal abrigo.
En la cabeza, un sombrero;
en el ojal, una flor;
en los labios, un te quiero;
en mi mano, el corazón.



lunes, 22 de junio de 2015

Cobardía o coraje

La puerta de entrada se cerró de un sonoro portazo al recibir una patada completamente malintencionada. El bolso calló al suelo, la chaqueta en el sofá y las llaves en la mesita del café. Una mosca revoloteó alrededor de la cabeza de Lía, redefiniendo en su mente el significado de la palabra mosqueo. ¿Qué necesitaba para poder considerarlo cabreo? ¿comprarse una cabra o estar como una cabra?
La verdad es que muy cuerda no debía estar, no. No podía estarlo si aún guardaba algún atisbo de esperanza después de otro desplante como aquél. ¿Pero quién se creía él que era para tratarla así? No esperaba que le dedicase toda su vida y su tiempo, pero... había límites. En toda relación hay límites: de respeto, de educación, de paciencia,... y ninguno se merece ser traspasado sin pena ni gloria.
Pero aun así, Lía no lo tenía claro. Necesitaba tomar una decisión, una decisión que llevaba tiempo postergando pero que debía resolver por su propio bien. ¿Qué opción merecía realmente la pena?
Como de costumbre, acudió a su consultor anónimo, Tumblr. Aunque originalmente no hubiese creado su cuenta para dicho fin, parecía que desde la primera vez que se animó a describir uno de sus problemas allí no era capaz de tomar una decisión filosófica definitiva sin antes presentar el caso ante la sabiduría popular de las redes.

<<¿Qué es la cobardía verdaderamente? ¿Abandonar a medias cuando ya no puedes más o no abandonar por miedo a quedarte sola? ¿Qué coraje importa más? ¿El coraje de seguir luchando o el coraje de cerrar la puerta y no mirar atrás?
Al fin y al cabo, lo aprendido siempre se queda contigo...vayas donde vayas, decidas lo que decidas. No se puede borrar el pasado, sólo cambiar de rumbo, para bien o para mal.
Y ¿qué hay de los años “perdidos”? ¿Qué tan perdidos están entonces? La juventud “divino tesoro, ya te vas para no volver (cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer)” que diría Rubén Darío... Y yo lloro... queriendo y sin querer. Y no puedo decidir entre lo uno y lo otro y los meses pasan... y la derrota y el dolor aumentan en intensidad a la vez que el número de días pasados, pensando, decidiendo... Cuanto más tiempo pasa más quiero dar la vuelta, pero al echar la vista atrás más largo es el camino de regreso.
¿Qué opción supondría, entonces, ser cobarde? ¿Cuál valiente? ¿O acaso estoy destinada a sentirme ambas por siempre?
Pero ¡¿qué hago ahora?!

Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, Lía pulsó el botón de publicar.

No tenía nada claro, cuanto más lo pensaba más lejos se sentía de encontrar la respuesta...