jueves, 25 de julio de 2013

Sobrevolando el infierno - Capítulo II: ¿Por qué?


     Un hermoso cielo amarillo, iluminado por el brillante sol rojizo, se extendía sobre ella más allá de las inmensas montañas que rodeaban el valle.
     Se estaba bien allí.
     La brisa jugueteaba entre las pestañas de sus párpados cerrados, danzaba sobre sus mejillas y acariciaba su pelo de fuego mientras ella sonreía tumbada en la brillante hierba lila.
     ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí?
     La verdad, no lo recordaba, pero en esos momentos se sentía tan a gusto y tan llena de paz que no le importaba realmente. Tan sólo existía, sentía, respiraba, descansaba.
     Se sentía bien allí.
     De repente, el dulce viento trajo una leve voz a sus oídos:
     - Ven...te estaba esperando...
     Las pequeñas nubes comenzaron a moverse juguetonas y sin rumbo aparente y, surcando perezosamente el refulgente cielo, fueron acercando sus rosadas figuras al misterioso bosque que la llamaba en susurros.
     - Ven...ven a mí...
     Tan extrañada como encandilada, se levantó suavemente al compás de aquellas palabras cargadas de urgencia y dulzura.
     - Ven...tengo algo que decirte...tienes algo que escuchar...
     Con la curiosidad palpitando en su corazón, avanzó algunos pasos más.
     - Vamos...deprisa...es hora de que abandones el fresco valle...es hora de que te internes en el bosque...
     Movida por la urgencia repentina de la voz, apresuró los últimos pasos que la separaban de una sinfonía de palabras cuya melodía sonaba conocida a sus oídos.
     Al llegar a la linde del bosque, se internó en él con suavidad y confianza, deleitándose con el envolvente aroma dulzón a higos maduros que despedían los árboles de ramas anaranjadas en su eterna danza con el viento. Éstas, acariciaron su rostro, memorizando su forma, palpando su textura, abrazando su calidez, observando su color, mientras una tímida sonrisa de asombro y felicidad iluminaba sus ojos con la gracilidad y la pureza cristalina de un arroyo que discurre ágil, rápido e incansable al encuentro del amplio mar.
     El bosque la acunó y la acogió como una madre cariñosa que protege a su niño pequeño y le tranquiliza con palabras dulces; sonriendo y cantando hasta que éste se duerme plácidamente.
     Ella se internó entre sus sombras, confiada y tranquila, con la esperanza de volver a oír la voz, de poder seguir sus susurros, de encontrar a su dueño.
     Pero no todas las voces son iguales...
     No todas las voces tienen dueño...
     - Ven...has de saber...has de recordar...
     ¿Recordar? ¿Qué debía recordar?
     La voz había vuelto a susurrar pero con un tono ahora más firme y audible. ¿Acaso estaba ya cerca de encontrarla? Continuó dejándose llevar por la brisa y las caricias de los árboles, pero ahora un poco más intranquila.
     - ¿Lo oyes? -dijo la voz repentinamente- ¿oyes su llanto?
     Se detuvo alarmada por la crudeza adquirida por la voz y trató de escuchar algún sonido entre la espesura.
     - ¡¿Lo oyes?! -repitió la voz.
     Sí. Lo oyó. Lo oyó todo.
     Pero, en cuanto lo hizo, deseó no haberlo hecho nunca: La oscuridad, los pasos acechantes, el miedo, la carrera, los gritos...todo.
     Ya sólo quedaba espacio para las preguntas
     << Mamá... mamá... ¿Dónde estás mamá?>>
     Para las súplicas
     <<Por favor mamá...Te echo de menos...>>
     Para los arrepentimientos
     <<Sé que debí quedarme contigo... Madre... no debí... Pero lo hice... y ahora estoy solo... en la oscuridad... La noche está tan fría...>>
     <<…mamá…>> Corría <<…¡mamá!...>> Gemía <<...¡¡mamá!!...>> Suplicaba <<…¡¡¡mamá!!!…>> Su sangre corría por el frío suelo << ¡¡¡¡MAMÁÁÁ!!!! >>


 
     Bennu abrió de repente los ojos y respiró profundamente. Las mangas de su bata blanca de algodón, empapadas de sudor y lágrimas, eran el único vestigio de lo que acababa de ocurrir. Se había quedado dormida sobre la mesa y los informes sin acabar. El irritante tic-tac del reloj de su despacho continuaba marcando el transcurrir del tiempo. Cronos seguía empeñado en devorar a sus propios hijos. 
     Miró a través de la ventana abierta hacia el oscuro cielo sin luna mientras trataba horrorizada de encontrarle un sentido a sus extraños sueños. Los ojos le escocían y la cabeza le daba mil vueltas...


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