martes, 11 de junio de 2013

Caminos


Por qué.
Por qué preguntan tus labios;
esos temblorosos mendigos
de algún otro beso vacío,
de algún otro ingenuo engaño.
Tus ojos, ya cansados,
observan una y otra vez
la lluvia sobre los tejados
y miran sin querer ver
la profundidad de su abismo
lamentándose con descaro.
Cuánto daño hace el destino,
la promesa de algo tan falso,
la creencia de que el ayer
ya había sido planeado
y que nuestra madurez
nos tiene un camino guardado.
Dijo un poeta peregrino
que el camino se hace andando
y yo, en mi atrevimiento, añado
que también se construye sudando,
partiendo antes del amanecer,
la oscuridad ofreciendo su amparo
tanto a ti como a tus enemigos,
a través de campos de olivos
y, otras veces, praderas de cardos.
No es justo, a mi parecer,
que siempre culpes, sin motivo,
de tus desgracias a todo aquél
que algún día pasó por tus brazos;
que la responsabilidad de tu sino
recaiga sobre cualquier extraño;
que, deshaciendo y sin hacer,
pretendas seguir esquivando
la obligación sobre tus actos.
En la vida ocurre lo mismo
siempre, para qué negarlo:
nos esforzamos por creer,
por recorrer el camino,
por seguir siempre luchando.
El deber de todo individuo
sobre asuntos que involucran su ser,
es también suyo y ha de aceptarlo.
Sé que la vida es dura y cruel,
que la historia está llena de llantos,
pero nadie dijo que sería bonito
sencillo, rápido o claro.
La risa, en su abrazo infinito,
premio que anhelamos poseer
y lucir como el mejor regalo,
no debe dejar en el olvido
un recuerdo grabado en la piel
y que se antoja el más amargo:
Y es que, incluso al nacer,
todos lo hacemos llorando.




martes, 7 de mayo de 2013

Preciosa



Lía se sentó en su escritorio, frente al ordenador encendido. La luz de la pantalla hirió sus ojos enrojecidos mientras abría una ventana de internet e introducía su nombre de usuario y contraseña en una red social llamada “tumblr”, muy parecida a un blog anónimo, en la que solía entrar a escribir, colgar sus propios dibujos y mirar los trabajos de la gente a la que seguía.
Con manos temblorosas y sin mucho ánimo, comenzó a escribir una entrada sin título...


Todo. Lo había dado todo. SE lo había dado todo... cuando debería haber sido al revés... o al menos mutuo.
Había entregado su tiempo, su esfuerzo, su sonrisa, su alegría, sus esperanzas inventadas; por una vida que la consumía, la minaba, la derrumbaba, la aplastaba, la destruía.
¿Por qué no era capaz de decidir en su propia vida? ¿Cuánto más tendría que aguantar apresando las ansias de libertad de su alma? ¿Qué le debía y a quién para merecer aquello... y de esa forma tan cruel?
Sabía que no era gran cosa... nunca lo había sido. Pero tampoco pedía mucho. Sólo querer y ser querida. Sólo vivir sin ser juzgada. Sólo... ser aceptada.
Lo necesitaba. Necesitaba que él la aceptara. Necesitaba que la sociedad la aceptara... que le diese una oportunidad para ser la persona que en el fondo quería ser. No sólo un reflejo; una sombra.


Temblando y sin atreverse a releer lo que había escrito, pulsó el botón que publicaría su mensaje. Ya no había vuelta atrás. Ya estaba dicho.
Aún algo paralizada y sintiendo vergüenza de sí misma y su estupidez, contempló la pantalla con ojos vacíos, sintiéndose una cría llorica por contar sus penas ante desconocidos y sin dar la cara. Por no ser capaz de superar todo aquello que le hacía daño... por no ser capaz de ser la persona que el mundo esperaba que fuese y que todos daban siempre por sentado que era y debía ser.
Un pequeño icono emitió una notificación. Tenía un mensaje. Tenía una respuesta... una respuesta anónima.


Antes de nada, quiero que sepas que eres muy especial. -Lía parpadeó varias veces sin entender a qué venía aquella frase.- Estoy segura de que no me crees, pero lo eres, lo sé.
No te conozco ni pretendo fingir que sí. No sé las razones que te han llevado a escribir esta entrada, pero me dan igual; no necesito saberlas, con lo que has dicho me basta.
Leyendo esto, la primera pregunta que ha aparecido en mi mente ha sido: “¿Y qué?”. Dices que lo has dado todo, que SE lo has dado todo... ¿te has preguntado alguna vez por qué? También dices que debería haber sido como mínimo mutuo ¿por qué debería? ¿acaso lo que quiera que hicieses lo hiciste sólo para recibir algo a cambio? ¿por qué te permitiste tener expectativas o, como tú has dicho esperanzas inventadas? ¿De verdad esa persona merece tanto que TUS sueños giren sólo en torno a ELLA? Ninguna persona merece tanto honor ni tanta presión al mismo tiempo... absolutamente nadie.
Con esto, no quiero hundirte, en absoluto... Y de hecho, mis palabras no deberían tener poder para hacerlo si tú no les dejas, por mucho que yo quisiera. Porque mis palabras no importan... TÚ importas. Porque, como te he dicho al principio, eres muy especial.
Dices que sólo quieres que la sociedad te dé la oportunidad de poder ser como realmente quieres ser. Y yo te pregunto: ¿te la has dado tú a ti misma? ¿o acaso pretendes exigir a toooodos los demás lo que tú no eres capaz de dar? ¿no es eso una forma de egoísmo? ¿Acaso no eres tú la que te has convertido en tu propia sombra, en el reflejo erróneo de lo que nunca te has atrevido a ser?

Hazme un favor... o mejor, háztelo a ti misma. Levántate de esa silla, acércate al espejo más cercano que tengas, mírate a los ojos y sonríe. No importa si tus labios están pintados o sin pintar, lisos o cortados. No importa si tu nariz y tus ojos están enrojecidos por el peor resfriado de tu vida. No importa si eres diestra o siniestra... en cualquier sentido ;).
Porque eres tú. Esa eres tú. Con tus virtudes y tus defectos. Y estás sonriendo. Y esa sonrisa, cuanto más sincera sea, más llenará tus ojos de su propia luz.
No necesitas que nadie te dé nada. No necesitas que nadie te quiera con locura. No necesitas que nadie te envidie. No necesitas que nadie te acepte.
Sólo necesitas hacerlo tú.
Sólo necesitas dejar que tu sonrisa sea la alegría que inunde tu alma y tu corazón. Que la luz de tus ojos sea la única y verdadera que ilumine tu PROPIO camino.
Sólo necesitas, cada mañana y al final de cada día, mirarte en ese espejo y sonreír pensando: “Soy feliz. Soy muy especial... Porque soy YO y soy preciosa.”


Lía se secó con la mano las pequeñas lágrimas que habían empezado a recorrer sus mejillas sin permiso. Casi de forma automática, se levantó y fue al baño para mirarse en el espejo... y por primera vez en su vida, realmente le gustó lo que vio en él.
Con la sonrisa aún en los labios, volvió al ordenador con la intención de escribirle un largo párrafo a aquella persona que le había dado esperanzas. Tenía muchas cosas que decirle, muchas sonrisas que dedicarle, a una completa desconocida que nunca llegaría a conocer.
Pero al abrir el cuadro de respuestas, su mente se quedó en blanco y su corazón habló por ella, diciendo la única palabra que podía expresarlo todo y casi nada a la vez. Una palabra pequeña con el mayor de los significados.


Gracias.



martes, 26 de marzo de 2013

Destino, casualidad y conocimiento.

Siempre me he preguntado si existe el destino y cómo funciona. Siempre me he preguntado hasta dónde llega la casualidad y hasta dónde estamos predestinados... cuánto podemos decidir realmente sobre nuestra vida.
Puede que a muchos os parezca raro que plantee esta incógnita tan directamente, que no escriba un poema, un texto bonito, una metáfora narrada con la voz de un desconocido... La verdad, no sé muy bien por qué lo estoy haciendo; por qué he tomado esta decisión. Quizá también haya sido cosa del destino.

En este tema -por mucho que haya meditado en mi vida, por mucho que haya discutido con amigos y por mucho que haya leído al respecto- siempre me he sentido confusa e insegura. Ninguna de las respuestas que nadie me ha dado ha logrado convencerme y ni siquiera estoy segura de mi propia teoría.

Me niego a creer que todo está decidido de antemano. Simplemente me niego. ¿Os habéis parado a pensar en lo que costaría eso? Todas nuestras vidas -incluído cada latido del corazón- planificadas al segundo. Todos nuestros pasos, nuestras palabras, pensamientos, cada vez que tragas saliva y parpadeas... en TODAS LAS PERSONAS a la vez. Marea de sólo pensarlo.
Pero tampoco quiero creer en la casualidad. También suena muy cruel... Abandonados a nuestra suerte, sabiendo que todo podría haber sido distinto... Que somos pelotas numeradas al azar, girando en el interior de una jaula, esperando nuestro turno para salir y ser anunciadas... Un juego de lotería en el que quizá las cosas podrían haber sido de otro modo. Que podrías haberlo hecho mejor o peor; pero que, al fin y al cabo, todo es enteramente culpa tuya.

Mi teoría, la que yo QUIERO creer: Hay cosas que  están preescritas de varias formas distintas. Varios finales para cada historia y varios caminos para llegar a cada uno de ellos. Hay cosas que de una forma u otra han de pasar, pero son nuestros actos, nuestras decisiones y nuestras reacciones las que nos conducen a una conclusión concreta.

Quizá no esté en lo cierto pero, ante la incertidumbre de los extremos, yo he elegido el equilibrio del término medio. Porque me consuela creer que no estoy desamparada pero también que puedo tener opción.
Quizá por no darle ni muchas ni pocas vueltas, quizá por miedo, quizá por cobardía,... quizá por no enfadarme sólo conmigo misma ni tampoco cargarle con toda la culpa a las moiras por todo aquello en mi vida que podría haber sido y no fue.

Porque en toda mente hay preguntas sin respuesta y en toda alma hay miedos sin resolver; pero no por eso cesamos de preguntar o de sentir.
Porque soy humana... porque somos humanos.

Porque, por no saber, no sabemos ni lo que podremos llegar a saber.



Y vosotros, ¿qué sabéis, creéis y creéis saber?





miércoles, 13 de marzo de 2013

La manzana y su manzano.

Un día una manzana
al suelo se cayó,
rebotó sobre la hierba
y en la tierra se hundió.
Pequeños animales
corrían a su alrededor,
el rocío la acariciaba
y la observaba el sol.
Guardaba la manzana
celosa en su corazón
un espíritu propio,
su alma en su explendor.
El manzano, cerca de allí,
contemplaba con orgullo y pasión
al pequeño y débil fruto,
falsa promesa de reencarnación.
La pequeña manzana, un día,
de pronto desapareció
y, en su lugar, crecieron ramas,
un tronco, hojas, una flor...
Las raíces sujetaban al suelo
un árbol digno de admiración
que surgió de una manzana,
regado por el agua y el sol.
Aún así el árbol fue un árbol;
no un reflejo, copia, u opción,
fue su propio espíritu libre,
escribió su propia canción,
cobijó a sus propios pájaros,
se meció en el aire con amor;
sin olvidar de dónde venía
pero escogiendo su propia dirección,
pues al final sólo somos quienes somos,
sin importar la manzana, semilla o flor.



miércoles, 6 de marzo de 2013

La maleta del náufrago



   Os voy a contar mi historia, una historia extraña pero no inusual, una reacción mala pero bastante habitual. Os voy a contar la historia de mi naufragio.

   Me llamo Santiago, Santiago Ferrer Ordóñez y soy un español de a pie, como otro cualquiera, de clase media. Mi trabajo consiste en proporcionar nuevas relaciones de negocios para una pequeña empresa y suelo viajar al extranjero con frecuencia, aunque siempre en avión... hasta hace un mes.

   Poco antes de mi último viaje, una llamada de última hora desde administración me comunicó que existían ciertos problemas con el vuelo y que, para llegar a tiempo, debía tomar un ferry esta vez. Para mis oídos, sonó tedioso. ¿Quién diría que se convertiría en la mayor lección de mi vida?

   Una vez embarcado, los desastres comenzaron a sucederse unos de otros: Mi maleta debía quedarse conmigo todo el trayecto, lo que suponía un primer estorbo; el dichoso barco estaba plagado de adolescentes gritones que volvían de una excursión; el barco comenzó a tambalearse demasiado por la diferencia de corrientes, provocándome un mareo;...

   Antes de que pudiese recuperarme y ser consciente de lo que pasaba, el barco se paró. No sé muy bien por qué ni encontré quién supiese o quisiese explicármelo de nuevo. Sólo sé que se paró. Que la gente recogió todas sus pertenencias. Que nos hicieron dirigirnos hacia un extremo. Que, cuando quise darme cuenta, me encontraba embutido en un chaleco salvavidas a bordo de una barca hinchable... con parte del grupo de graciosillos ruidosos.

   Sí, he dicho graciosillos. Sí, era sarcasmo. Sí, liaron alguna estupidez en la barca... Nada más y nada menos que sacar una navaja de viaje y pincharla. ¿Conclusión? Nos fuimos todos al agua: los chavales, el encargado de nuestra barca, yo... y mi maleta, que en ese momento decidió que era hora de despegar sus alas e intentar volar... Lo que para ella significó abrirse de golpe y dejar “volar” todas las pertenencias que tenía en su interior.

   No lo dudé ni un segundo, hinché mi chaleco y nadé hacia la solitaria pieza de tela cuyo relleno flotaba ingenuamente a su alrededor. El encargado de nuestra barca me insistía en que volviese, que me agarrase a los restos de la embarcación, pero yo no le oí. O no quería oírle.

   Comencé a llenar la maleta con mis cosas. Una a una. Durante varios interminables minutos me esforcé en recolectar todas las piezas que aparecían en mi camino, poniéndolas “a salvo”, cargando con todas ellas. Al fin y al cabo, eran mías, era yo quien debía guardarlas a buen recaudo. ¿Qué clase de buen ciudadano deja que sean los demás quienes carguen sin merecerlo con sus penas? Yo no, desde luego.

   Pero como el avaro cuya historia le relata Patronio al Conde Lucanor, a pesar de mi chaleco, por el peso de la maleta comencé a hundirme. El encargado de la barca me lo decía a gritos, pero no le oí. O no quería oírle.

   Durante angustiosos minutos, intenté nadar de regreso hacia la nueva balsa que había acudido en nuestra ayuda. Nadé con toda la fuerza de mis piernas y uno de mis brazos. Traté de respirar hondo y avanzar deprisa, pero mi peso me frenaba. Yo no me daba cuenta de cuán aparatosa era mi carga inútil y ya inservible o, quizá, tampoco quería darme cuenta...

   Hasta que, en el último arrebato de desesperación, la solté. De golpe. Sin miedo. Y contemplé cómo se hundía sin ningún tipo de nostalgia o pesar... Y reí. Reí muy fuerte. Dejé que el aire inundase mis pulmones con mi risa, mientras mis extremidades alcanzaban juntas mi cercana salvación.



   Esa es la historia que quería contarles. Esa fue mi revelación. Me afanaba en agarrarme a algo que me hacía daño, a algo que me estaba ahogando y me impedía avanzar. Me agarraba al miedo de perder algo que ya había perdido... o que quizá ni siquiera nunca tuve... Y cuya descarga me liberó.

   No espero que nadie me aclame ni recuerde por ello. No espero una gran fiesta ni grandes homenajes... Ni siquiera espero que recuerden mi nombre ni mi historia. Yo sólo pretendía contarla. Hacerles pensar un poco y después seguir adelante: guardando lo que es importante y soltando sin reparos todo aquello que, en el fondo, me acabaría quemando por dentro.



   Buenas noches, amigos.

   Santiago Ferrer Ordóñez