¿Qué escribes, poeta,ocultando tu mirartras esa triste careta,tras esa sonrisa inquieta,tras tu lento caminar?Admite que es cosa ciertaque, al ocultarte tras la puerta,no puedes sino llorar.Es oscuro el caminoque discurre sin destinoalrededor del altarde las musas indiscretas.Es oscuro el camino,incierto, siempre distintoy, a la vez, siempre igual.Sabes bien, triste poeta,que el amor huye de ti,que las palabras caen sin cesar,como tus lágrimas caen al mardel olvido, del miedo, del fin.Al intentar conseguir tus metassólo destruyes y luego quedauna hoja blanca, desierta,que llenar al escribir.¿A quién le importa, poeta,lo que escribes aquí?¿A quién le importa, alma muerta,lo que será de ti?Seguirás escondiendo tras la puertalas lágrimas que riegan tu cantar.Seguirás naciendo y muriendo, mientrastu dulce sangre color carmíndibuja ambiciosa las letrasque adornan tu cielo de estrellas,pálidas, pequeñas y agoreras.Es una vida sin par,una maldición rastrera,la que tienes por ser poeta,la que tienes por soñar.Nadie entenderá jamáslo que pasa por tu cabeza,lo que te hace sonreír,lo que te hace llorar.Nadie entenderá jamáspor qué sufres asítan sólo por ser poeta,por ser de mente abierta,por atreverte a imaginar.Qué haces, pues, aquítambién te preguntarás.Es sencilla la respuesta,mi pequeño colibrí,y llegarás a descubrirque estás aquí para volar,que estás aquí para vivir.
domingo, 11 de agosto de 2013
Poeta
miércoles, 31 de julio de 2013
Sobrevolando el infierno - Capítulo III: Cumpliré mi parte.
La
puerta de la oxidada verja chirrió al abrirse, delatando su presencia y su
llegada. La luz de la única farola del callejón que acababa de dejar a su
espalda, titiló una última vez antes de apagarse con un pequeño zumbido. Los
ojos de un gato callejero brillaron un instante, hasta que el astuto animal
decidió que lo más sensato era largarse, dejando tras de sí tan sólo el eco de
un bufido.
Él, continuó su camino sonriendo para sus
adentros, pensando en el felino, en su mirada inquisiva y calculadora, en la
tensión que se apreciaba por su postura, en sus orejas tiesas, en sus garras y
dientes listos para atacar, en su renuncia y su rápida marcha tras tomar la
mejor decisión posible... en que no había sido el único en intentar huir de él
aquella noche. Apretó una vez más el puño de su mano izquierda, que aún
sostenía la navaja ensangrentada, y volvió a sonreír. Sí, había sido una gran
noche.
Entró en la vieja y destartalada fábrica
abandonada. El putrefacto olor a vinagre rancio y roedores muertos se podía
mascar en el aire, y el polvo y la suciedad, acumulados en el suelo durante
años, revolotearon entre sus pies a cada paso. No se molestó en seguir
intentando ser silencioso, sabía que alguien esperaba su visita.
- Llegas tarde -dijo una voz desde las
sombras.
- Lo bueno se hace esperar.
- Lo bueno se hace esperar.
- Espero, al menos, que hayas cumplido...
- Por supuesto, sin fisuras. Nuestro
querido amigo está dónde y cómo se merece... ahora te toca a ti.
El misterioso hombre se acercó y clavó su
mirada en el primero.
- Lo sé. Cumpliré mi parte, puedes estar
seguro -dijo.
-
Más te vale, no me falles -le respondió el primero dándose la vuelta y
alejándose de allí.
El segundo hombre le observó avanzar hacia
la puerta con el aire resuelto y orgulloso de alguien que se vanagloria de un
trabajo bien hecho. En ese momento, se preguntó si realmente sería cierto, si
ese trabajo había sido tan perfecto. “Sin fisuras”, había dicho. Siendo así,
podía estar tranquilo, su parte sería un juego de niños.
<<No hay nada ni nadie que el dinero no
pueda comprar>> pensó riendo para sus adentros mientras su compañero abandonaba
la fabrica sin despedirse ni mirar atrás.
El callejón seguía envuelto en una
oscuridad impenetrable, ayudado por la fría noche. No se oía más que la quietud
acechante del silencio hostil pero, el visitante, guardando por fin su navaja
en el bolsillo del pantalón, se adentró igualmente en la callejuela sin ningún
temor. Él, al igual que los gatos, también sabía desenvolverse entre las
sombras.
jueves, 25 de julio de 2013
Sobrevolando el infierno - Capítulo II: ¿Por qué?
Un hermoso cielo amarillo, iluminado por el brillante sol rojizo, se extendía sobre ella más allá de las inmensas montañas que rodeaban el valle.
Se estaba bien allí.
La brisa jugueteaba entre las pestañas de sus párpados cerrados, danzaba sobre sus mejillas y acariciaba su pelo de fuego mientras ella sonreía tumbada en la brillante hierba lila.
¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí?
La verdad, no lo recordaba, pero en esos momentos se sentía tan a gusto y tan llena de paz que no le importaba realmente. Tan sólo existía, sentía, respiraba, descansaba.
Se sentía bien allí.
De repente, el dulce viento trajo una leve voz a sus oídos:
- Ven...te estaba esperando...
Las pequeñas nubes comenzaron a moverse juguetonas y sin rumbo aparente y, surcando perezosamente el refulgente cielo, fueron acercando sus rosadas figuras al misterioso bosque que la llamaba en susurros.
- Ven...ven a mí...
Tan extrañada como encandilada, se levantó suavemente al compás de aquellas palabras cargadas de urgencia y dulzura.
- Ven...tengo algo que decirte...tienes algo que escuchar...
Con la curiosidad palpitando en su corazón, avanzó algunos pasos más.
- Vamos...deprisa...es hora de que abandones el fresco valle...es hora de que te internes en el bosque...
Movida por la urgencia repentina de la voz, apresuró los últimos pasos que la separaban de una sinfonía de palabras cuya melodía sonaba conocida a sus oídos.
Al llegar a la linde del bosque, se internó en él con suavidad y confianza, deleitándose con el envolvente aroma dulzón a higos maduros que despedían los árboles de ramas anaranjadas en su eterna danza con el viento. Éstas, acariciaron su rostro, memorizando su forma, palpando su textura, abrazando su calidez, observando su color, mientras una tímida sonrisa de asombro y felicidad iluminaba sus ojos con la gracilidad y la pureza cristalina de un arroyo que discurre ágil, rápido e incansable al encuentro del amplio mar.
El bosque la acunó y la acogió como una madre cariñosa que protege a su niño pequeño y le tranquiliza con palabras dulces; sonriendo y cantando hasta que éste se duerme plácidamente.
Ella se internó entre sus sombras, confiada y tranquila, con la esperanza de volver a oír la voz, de poder seguir sus susurros, de encontrar a su dueño.
Pero no todas las voces son iguales...
No todas las voces tienen dueño...
- Ven...has de saber...has de recordar...
¿Recordar? ¿Qué debía recordar?
La voz había vuelto a susurrar pero con un tono ahora más firme y audible. ¿Acaso estaba ya cerca de encontrarla? Continuó dejándose llevar por la brisa y las caricias de los árboles, pero ahora un poco más intranquila.
- ¿Lo oyes? -dijo la voz repentinamente- ¿oyes su llanto?
Se detuvo alarmada por la crudeza adquirida por la voz y trató de escuchar algún sonido entre la espesura.
- ¡¿Lo oyes?! -repitió la voz.
Sí. Lo oyó. Lo oyó todo.
Pero, en cuanto lo hizo, deseó no haberlo hecho nunca: La oscuridad, los pasos acechantes, el miedo, la carrera, los gritos...todo.
Ya sólo quedaba espacio para las preguntas
<< Mamá... mamá... ¿Dónde estás mamá?>>
Para las súplicas
<<Por favor mamá...Te echo de menos...>>
Para los arrepentimientos
<<Sé que debí quedarme contigo... Madre... no debí... Pero lo hice... y ahora estoy solo... en la oscuridad... La noche está tan fría...>>
<<…mamá…>> Corría <<…¡mamá!...>> Gemía <<...¡¡mamá!!...>> Suplicaba <<…¡¡¡mamá!!!…>> Su sangre corría por el frío suelo << ¡¡¡¡MAMÁÁÁ!!!! >>
Bennu abrió de repente los ojos y respiró profundamente. Las mangas de su bata blanca de algodón, empapadas de sudor y lágrimas, eran el único vestigio de lo que acababa de ocurrir. Se había quedado dormida sobre la mesa y los informes sin acabar. El irritante tic-tac del reloj de su despacho continuaba marcando el transcurrir del tiempo. Cronos seguía empeñado en devorar a sus propios hijos.
Miró a través de la ventana abierta hacia
el oscuro cielo sin luna mientras trataba horrorizada de encontrarle un sentido
a sus extraños sueños. Los ojos le escocían y la cabeza le daba mil vueltas...
sábado, 20 de julio de 2013
Quiero...aún.
En la playa de mi vida las horas pasan, las penas lloran, los días brillan, las nubes viajan. Conmigo: mi sombrilla -a veces compañera, a veces enemiga- me resguarda de la lluvia, me protege del sol, me ofrece su abrigo pero también me aísla... sólo a veces.
En la playa de mi vida han comido tortugas, amanecido diosas, morado primaveras,... ha sido mi refugio y mi castigo, la muda testigo de mil amores, de despedidas y adioses... Muchos son los poemas y muchas las historias que, como granos de arena, han hecho crecer mi playa, han acompañado y abrazado al agua en la orilla y han dibujado mis huellas en su regazo.
Ya han pasado 21 años desde la primera vez que abrí los ojos y vi por primera vez la luz de un quirófano... y más tarde la del sol. Veintiuno, veinte más uno, desde que atraqué en mi playa de arena y montaña, de agua y aire, de fuego y alma.
Y, aunque han pasado muchos menos -unos cinco-, si hay una historia y unos versos que quisiera compartir, son los que desearía grabar para siempre en la arena, para recordar lo que soy, lo que quiero y lo que no querría olvidar: Esa última estrofa de un poema, con sus cuatro versos, resumiendo las intenciones de mi vida, los sueños de mi corazón y la luz que -espero- ilumina mis ojos y me alienta a abrirlos cada mañana:
-> "Quiero" Sarit F. Otero. Mayo 2008.[...]
Quiero navegar por el azul cielo,
entre las nubes de seda, sin tregua,
pero sin alzar los pies de la tierra
para nunca olvidar de dónde vengo.
jueves, 11 de julio de 2013
Suicidas
Dónde quedaron los versos de olvido,
dónde quedaron palabras de amor,
dónde quedaron la luz y el perdón,
dónde quedaron los sueños dormidos.
Dónde suspiran el ángel y el mirlo,
dónde y cuándo renace alguna flor,
cómo sigue la inocente canción
que cantas con dulzura, voz de niño.
Nada quedará nunca, ahora y siempre
en manos temblorosas y asustadas,
en almas implorantes a la muerte.
Sólo ojos hinchados por lágrimas,
forzado sufrimiento de la mente,
suicidas que aprenden a odiar su alma.
*Dedicado especialmente a las víctimas del acoso escolar y, en general, a todas aquellas personas víctimas de abusos e injusticias.*
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